Grand Théâtre de Ginebra
Mozart COSÌ FAN TUTTE
Veronika Dzhioeva, Alexandra Kadurina, Vittorio Prato, Steve Davislim, Monica Bacelli, Laurent Naouri. Dirección: Hartmut Haenchen. Dirección de escena: David Bösch. 12 de mayo de 2017.
 
Dos detalles de la puesta en escena de Così fan tutte en Ginebra © Grand Théâtre de Ginebra / Carole Parodi
 
Così fan tutte está considerada como una de las óperas más equilibradas de la historia,  siguiendo los cánones clásicos de la época: dos actos, seis personajes, tres hombres y tres mujeres, dos parejas pero, sobre todo, una estructura musical muy compensada, con una participación de los solistas muy nivelada en cuanto a apariciones en arias, duettos, cuartetos y sextetos. Precisamente ese equilibrio tan natural que Mozart imprimió a su obra es de lo que careció este Così de Ginebra, aunque es cierto que la producción firmada por David Bösch resultó muy vivaz y mantuvo la comicidad y la chispa hasta al final. El regista se inspiró en el icónico cabaret Kursal de La Habana de los años 50, en la Cuba pre-revolución de Castro, con una cuidada escenografía de Falko Herold que jugaba con los detalles y el movimiento para darle vivacidad a la propuesta escénica. Sin duda, lo mejor de este Così.
El problema se da cuando Mozart no suena a Mozart. El compositor de Salzburgo necesita de una atención al detalle absoluta que confiera un sonido limpio y cristalino, que el juego de dinámicas sea elegantemente musical, en el que se diferencie cada voz e instrumento, a la vez que se escuche el conjunto como un solo instrumento, en perfecto equilibrio sonoro. No fue el caso de la batuta de Hartmut Haenchen frente a la siempre efectiva Suisse Romande. Su lectura resultó plana, tosca y, en general, aburrida; impropia de un teatro del prestigio del de Ginebra. El coro sí estuvo magnífico en sus intervenciones.
El apartado solista, salvo alguna excepción, corrió similar suerte al del conjunto orquestal. Sobresalió –que en una interpretación mozartiana debería ser lo habitual– el barítono italiano Vittorio Prato (Guglielmo). Él fue el único que por instrumento y estilo supo llevar a buen puerto su interpretación, luciéndose especialmente en “Donne mie, la fate a tanti” y en conjunto en todas sus intervenciones. También mereció especial atención la soprano Veronika Dzhioeva, más por lo interesante de su instrumento –más adecuado para otros roles y estilos– que por su prestación. La suya fue una Fiordiligi que tampoco sonó a Mozart. Quizás mejor en “Come Scoglio”, a pesar de ciertas tiranteces en el registro agudo e imprecisiones en la coloratura, que en “Per pietà, ben mio perdona”, cuando sonó áspera y superficial.
Alexandra Kadurina resultó ser una Dorabella efectiva aunque carente de emoción. Steve Davislim fue un olvidable Ferrando que ofreció una imposible versión de “Un’aura amorosa”, carente de estilo y fraseo, sin fiato suficiente y rompiendo los agudos. Por su parte Monica Bacelli supo sacar punta a la teatralidad de su Despina a pesar de poseer un instrumento carente de belleza y de proyección deficiente; igual que Laurent Naouri como Don Alfonso, quien tantas alegrías habría ofrecido en el pasado, hoy una sombra de lo que fue.  * Albert GARRIGA
 
 
 
 
 
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