Opéra National de Paris
Verdi RIGOLETTO
Vittorio Grigòlo, Zeljko Lucic, Nadine Sierra, Kwangchul Youn, Elena Maximova, Robert Pomakov, Christophe Gay, JulienDran, Mikhail Timoshenko, Veta Pilipenko, Laure Poisonnier. Dirección: Daniele Rustioni. Dirección de escena: Claus Guth. Opéra Bastille, 27 mayo de 2017.
 
Vittorio Grigòlo, Nadine Sierra y Zeljko Lucic, protagonistas de Rigoletto en París © ONP / Charles Duprat 
 
Vayan los primeros elogios para Daniele Rustioni por su pericia en esconder la orquesta tras las voces. En efecto, poco o casi nada se oyó salir del foso durante la noche; y, sin embargo, una escucha atenta demostraba la presencia de la orquesta en cada momento. Dígase y repítase muy en serio: no oír la orquesta durante una representación –exceptuando las transiciones y los eventuales momentos sinfónicos– es el máximo elogio que se puede hacer a un director. La puesta en escena de Claus Guth fue ya comentada en esta revista el pasado año (ÓPERA ACTUAL 193). De la misma misteriosa caja de cartón salieron, uno a uno, los personajes mientras que el silencioso pordiosero –doble del jorobado– iba precediendo impotente los acontecimientos, aun conociendo de antemano el triste final de la historia. Corríjase solo que no fueron seis sino ocho los pares de muslos –consistentes como los de la década de los cincuenta– que puso el director en el escenario, para gran regocijo del tenor, cuando trasformó la posada de Sparafucile en el Moulin Rouge. Una puesta en escena más que debiera acompañarse de un libro de instrucciones para su mejor comprensión.
Hubo nervios al levantarse el telón. Vittorio Grigòlo (il Duca) y Julien Dran (Borsa) intercambiaron propósitos incomprensibles a gran velocidad y no fue hasta la llegada de “Questa o quella” que se calmó algo el ambiente y se pudieron apreciar, entonces, la gran simpatía y la excelente voz del tenor y también su pobre interpretación de la célebre escena. Sin duda el italiano tuvo una mala noche totalmente injustificable visto su pedigrí internacional. No se entendían sus palabras, su emisión fue exageradamente verista, hubo notas oscuras, inaudibles –en cantidad– y su gesto fue siempre muy exagerado. Estos elementos fueron afirmándose durante la velada en cada una de sus intervenciones, hasta llegar a “La donna è mobile”, que salvó su actuación del desastre, a pesar de haber reforzado pasajes como la primera “o” de “intorno” o la “e” de “vedo”, buscando siempre el efecto fácil, de mal gusto, y por supuesto, el aplauso.
Fue Zeljko Lucic (Rigoletto) quien se llevó muy justamente el gato al agua: su actuación estuvo muy centrada en el personaje, que hizo creíble sin necesidad de atributos visuales como la joroba o el vestido de colorines. Su emisión fue pausada, de una fuerza increíble aun durante los pasajes en piano, en un italiano transparente y su gesto dramático fue muy preciso. Tal vez hubiese debido oscurecer algo más su timbre, en particular durante su dialogo con Sparafucile (Kwangchul Youn en gran forma). Los diálogos con su hija arrancaron las lágrimas a más de uno en la sala, a lo que colaboró la gran actuación de Nadine Sierra (Gilda), una soprano de gran escuela, voz cristalina –fineza y seguridad–, capaz de interpretar un personaje sin el más mínimo escollo, sin la menor duda sobre la justeza de las notas y de los gestos que deben acompañarlas. Un verdadero reloj suizo made in USA. Elena Maximova (Maddalena) no tuvo su mejor noche, lo que, unido a la actuación de Grigòlo, convirtió el cuarteto del acto final en un dúo más entre el padre y la hija.
El coro (José Luis Basso) estuvo a la altura, como era de esperar. Las demandas del director de escena transformaron en tabla de gimnasia sus intervenciones en la corte del de Mantua. Tal vez la mejor parte de su actuación consistió en simular el viento en el último acto de la noche.  * Jaume ESTAPÀ
 
 
 
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