Théâtre du Capitole
Donizetti LUCIA DI LAMMERMOOR
Nadine Koutcher, Sergey Romanovsky, Vitaly Bilyy, Maxim Kuzmin-Karavaev, Florin Guzgă, Marion Lebègue, Luca Lombardo. Dirección: Maurizio Benini. Dirección de escena: Nicolas Joel. 23 de mayo de 2017.
 
Nadine Koutcher fue la protagonista de Lucia di Lammermoor en Toulouse © Théâtre du Capitole 
 
A veces es mejor empezar por el final: justo antes de iniciar Lucia su aria de la locura, desapareció la brillante escenografía dorada de Ezio Frigerio, que representaba el salón del palacio de los Asthon, y reapareció, como por encanto, el lugar del primer encuentro de los amantes. En ese marco, Nadine Koutcher (Lucia), enloquecida, evocó el recuerdo de su amor. La cantante bielorrusa cinceló el aria con esmero, puso una atención particular en el legato, no se excedió en los forti ni prolongó excesivamente las notas de efecto. Cantó en piano, con humildad y dulzura, luciendo un bello timbre cristalino. No le arredraron los pasajes de lucimiento y afrontó la coloratura con serenidad y fortuna. La acompañó con destreza desde el foso Sandrina Tilly, flauta solo de la orquesta. El dúo concretizó un momento de gran emoción que el público aplaudió con justicia.
Esta puesta en escena de Nicolas Joel, respuesta ahora por Stéphane Roche, se estrenó en 1998, pero múltiples detalles –la escenografía, el vestuario (y las pelucas) de FrancaSquarciapino, el porte y los gestos de los cantantes, los desplazamientos del coro y hasta la forma de alzar y bajar el telón– trasladó al público a la década de 1970. Los elementos decorativos en tres dimensiones hubiesen entonces hecho de esta una puesta en escena de vanguardia. Fue en aquellos años cuando aparecieron en París las célebres columnas del entonces escenógrafo Pier Luigi Pizzi, que tanta tinta elogiosa derramaron.
Tanto desde el foso como desde el escenario los artistas parecieron haber olvidado que la sala del Capitole es muy sonora a causa de sus reducidas dimensiones y de su decoración, muy lisa. Unos y otros se empeñaron, por desgracia, en mostrar su potencia en lugar de privilegiar el lirismo, la sutilidad o incluso la complejidad de las situaciones de la trama. Maurizio Benini dirigió con un sensible deje de aburrimiento y con pocas ganas de brillar. A pesar del buen comportamiento de las trompas y del arpa –y por supuesto de la ya citada flauta solista–, la orquesta chilló a más y mejor, arrastrando a los cantantes hacia la misma opción, lo que enturbió en la sala la comprensión del texto italiano. Redímase a la soprano de estas acusaciones en pro de su aria final. Pero no se puede olvidar la pobreza del trabajo del tenor ruso Sergey Romanovsky (Edgardo) por su emisión nasal –atrompetada–, su abuso del fortissimo, sus imprecisiones y notas sordas y su busca sistemática del aplauso, que obtuvo casi siempre. Casi lo mismo se puede decir del ucraniano Vitaliy Bilyy (Enrico), que pareció solamente interesado en gritar más que sus comprimarios. Maxim Kuzmin-Karavaev (Raimundo) mostró grandes capacidades en el registro grave, aunque alguna nota, al final de las frases, fuese poco sonora. Poco se dirá de Florin Guzgă en el papel de Arturo y menos, por la brevedad de sus papeles, de Marion Lebègue (Alisa) y Luca Lombardo (Normanno).
El coro (Alfonso Caiani) se desprendió de la orquesta en varias ocasiones y cayó en la trampa del fortissimo para gran regocijo del público, que pareció siempre preferir los decibelios a otra cosa. Durante el concertante de la boda, el volumen de su emisión y el número pletórico de sus coristas, apabullaron físicamente a los seis solistas.  * Jaume ESTAPÀ
 
 
 
 
 
 
 
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