Opéra Bastille
Chaikovsky EVGENI ONEGIN
Anna Netrebko, Elena Zaremba, Varduhi Abrahamyan, Hanna Schwarz, Peter Mattei, Pavel Cernoch, Alexander Tsymbalyuk, Raúl Giménez, Vadim Artamonov, Olivier Ayault, Grzegorz Staskiewicz. Dirección: Edward Gardner. Dirección de escena: Willy Decker. 25 mayo de 2017. 
 
Anna Netrebko y Peter Mattei, protagonistas de Evgeni Onegin © ONP / Guergana Damianova
 
El interés principal de esta reprise –la produccion es de 1998– estribaba en la presencia de Anna Netrebko en el papel de Tatiana. La magnífica escenografía de Wolfgang Gussmann, que recogía las angustias y en cierto modo la simpleza de los personajes de esta historia, enmarcó un trabajo dramático bien pensado y preparado por Willy Decker en su día. El contraste entre las líneas rectas y la aparente simplicidad del marco escénico y la riqueza y la variedad de formas del vestuario femenino, en particular en el acto final, produjo un gran efecto.
Pocas veces los violines en la Bastille sonaron de forma tan dura como en la introducción a la historia de las dos provincianas y los dos petimetres. Edward Gardner no demandó a sus músicos lirismo, ni misterio, ni deseo, ni amor. Pidió, y obtuvo, las notas y nada más, desde el principio hasta el final de la noche. De la desidia del foso sufrieron, como es natural, los artistas en el escenario. ¿Cómo hubiesen podido encarnar roles tan sutiles, obligados a cantar a gritos a causa de los bandazos del foso?
Anna Netrebko (Tatiana) estuvo fría y desigual desde un buen principio. Su canción inicial en dúo con Olga fue pesada, de sonoridad pastosa, pero salvó los muebles en su gran aria, sobre todo en la solución conclusiva, que inició con un forte de gran efecto desde el fondo del escenario –en La Bastille es prueba de gran confianza en uno mismo–, para repetir el tema en piano desde la parte delantera, concluyendo con una serie de agudos bien perfilados y de gran intensidad. Por lo demás le faltó flexibilidad y, sobre todo, interés por quedar bien. Nunca pareció estar enamorada de Onegin; solo, tal vez, en la escena final, cuando paradójicamente la ruptura era definitiva. Reconózcase que Peter Mattei (Onegin) tampoco puso vocal y dramáticamente mucho de su parte para hacerse amar; mal acompañado desde el podio, no acabó de entrar en el personaje con la excepción de la escena final. Otra cosa fue el trabajo de Pavel Cernoch (Lensky), humano, enamorado: su desesperación por el comportamiento de su amada Olga se reflejó no solamente en sus arias, sino también en sus diálogos y en cuantas ocasiones tuvo para expresarla. También Olga (Varduhi Abrahamyan) se mantuvo bien en su papel; convenció, aunque su dúo inicial con Tatiana sonara sin lirismo ninguno. Alexander Tsymbalyuk interpretó con gracia el aria de Gremin, fue muy aplaudido y desapareció. Fue Hanna Schwarz (Filipievna) quien se libró de la pereza lírica del foso; estuvo en su rol más que ningún otro intérprete. La veterana cantante, muy conocida en los medios parisinos, mostró una vez más una voz en perfecto estado, un deseo de cuidar al máximo el detalle vocal y dramático, y en definitiva su calidad de gran artista. Elena Zaremba (Larina), ya presente en 1998 en este papel, evolucionó y cantó como una madre comprensiva.
El coro (José Luis Basso) se limitó a cumplir, que fue ya mucho teniendo en cuenta no solo lo que viene dicho de la orquesta, sino también las múltiples apariciones y desapariciones del escenario impuestas por la dirección de escena.  * Jaume ESTAPÀ
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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