KonzertTheater
Wagner TANNHÄUSER
Daniel Frank, Claude Eichenberger, Liene Linca, Jordan Shanahan, Kei Wegner, Ralf Simon, Carl Rumstadt, Andries Cloete, Andreas Daum. Dirección: Kevin John Edusei. Dirección de escena: Calixto Bieito. 30 de abril de 2017.
 
Calixto Bieito llevó su visión de Tannhäuser a Berna © KonzertTheater / Philipp Zinniker
 
El KonzertTheater de Berna subió a su escenario la producción de Tannhäuser firmada por Calixto Bieito, ya vista en Amberes y Venecia. El director burgalés, afincado hasta hace poco en Basilea, dibujó una desigual versión de la leyenda del poeta alemán, sobre todo en el segundo acto, frío y superficial. El eje de reflexión que propone el regista se centra en la relación entre la naturaleza y el hombre, y es a través de ese diálogo que los actos primero y tercero resultan arrolladores.
Wagner, que nunca se sintió satisfecho del todo con esta ópera, estrenó tres versiones: las conocidas de Dresden y París y la retocada de Viena de 1875. Esta última es la habitual en los montajes actuales, y la que pudo verse en Berna. La obertura sigue el mismo estilo del estreno parisino, sin solución de continuidad con el primer acto, elemento que aprovecha Bieito para introducir magníficamente esa gruta de Venus de arboleda en movimiento y en la que consigue crear una atmósfera maravillosamente mágica. La relectura del director en el primer acto, no exenta de sus habituales tics sexuales –aunque aquí se justifiquen de alguna manera–, es emotiva y cautivadora, y juega con la intensidad de ambos protagonistas: Venus es el arraigo a la tierra y una naturaleza pura con la que Tannhäuser, un adolescente pseudo-grunge, quiere permanecer en armonía. Es el encuentro con su “hermandad” el que le aleja de ese mundo bucólico de Venus y le obliga a volver a la banalidad en la que vivía, entre matones pandilleros, lujos y jefes mafiosos.
Es ese segundo acto en el apartamento de Hermann donde sucede el concurso de canto, el que quizás despierte más interrogantes por su superficialidad y frialdad. En el tercer acto, ese deje agridulce se desvanece por la vuelta al concepto de diálogo con la naturaleza, a pesar de la insistencia carnal de Wolfram por Elisabeth, hasta el punto de intentar matarla en repetidas ocasiones. Ambos quedan sepultados en la tierra, la naturaleza de la que su mundo reniega y donde Venus es la auténtica salvadora y protagonista del desenlace.
Musicalmente el nivel general fue bastante bueno, aunque con algunos reparos. La dirección de Kevin John Edusei consiguió crear una atmósfera cargada de cierto misticismo. En la obertura supo cuidar el sonido, ya desde los primeros acordes de las trompas, clarinetes y fagots con la incorporación paulatina del resto de metales y maderas con las cuerdas. No fue una versión referencial pero sí una para disfrutar si se iba con ganas. Sin embargo, las intervenciones del coro iban por otros lares, entre la descoordinación y el exceso de decibelios y los agudos estridentes, sobre todo en la sección femenina. El coro de los invitados no estuvo a la altura y el apoteósico final del tercer acto no había por dónde cogerlo, y coro y orquesta anduvieron por caminos distintos. Resulta incomprensible que en Berna se cuente con una orquesta de nivel disfrutable y, por el contrario, el coro esté a un nivel casi amateur.
El apartado vocal comprendió desde solistas de buena escuela, maneras y de cierta calidad wagneriana a otros que poco tenían que ver con Wagner o, incluso, con el canto. En el primer grupo sobresalió de manera remarcable el Wolfram del barítono estadounidense Jordan Shanahan. En su intervención de entrada en el primer acto demostró la calidad del instrumento y su buen hacer en cuanto a fraseo y musicalidad. Su monólogo “Wohl wüsst ich hier sie im Gebet zu finden” fue maravilloso, y precedió a un entregado diálogo con Elisabeth culminando con un sentido y muy musical “O! du mein holder Abendstern”. Siguiendo el orden de calidad vocal cabría hablar de la mezzo suiza Claude Eichenberger, miembro de la compañía estable de Berna, que compuso vocal y escénicamente una Venus impecable, muy sensual y seductora en “Geliebter komm! Sieh dort die Grotte”. Por su parte, Daniel Frank (Tannhäuser) y Liene Kinca (Elisabeth), con roles que les colocaban al límite de sus capacidades, ofrecieron interpretaciones interesantes y creíbles, sobre todo por la intencionalidad musical, pero tendieron a forzar el instrumento con agudos estridentes o momentos que rozaban el grito. El resto del reparto resultó ser muy olvidable. Hay que destacar su entrega escénica en la propuesta de Bieito, pero qué importa si su interpretación no solo no sonaba a Wagner, sino que, en ocasiones, ni se acercaba al concepto de drama musical.  * Albert GARRIGA
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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