MASSENET Werther
Juan Diego Flórez, Anna Stéphany, Mélissa Petit, Audun Iversen, Cheyne Davidson, Martin Zysset, Yuriy Tsiple, Stanislav Vorobyov, Soyoung Lee.
Dirección: Cornelius Meister. Dirección de escena: Tatjana Gürbaca.
2 de abril de 2017. 
 
Juan Diego Flórez volvió a Zúrich para interpretar Werther © Opernhaus / Erwig Prammer
 
Werther es una de las obras cumbre del Romanticismo literario y musical. La memorable novela de juventud de Goethe sirvió de inspiración a un espléndido Massenet, que compondría unas extraordinarias melodías de elegante e íntima sensibilidad. El compositor francés ha sido acusado en ocasiones de utilizar una emoción edulcorada para gustar al gran público, pero sus composiciones son ricas en el desarrollo melódico e, incluso, en una acertada utilización à la française del Leitmotiv wagneriano.
 
La Opernhaus presentó de la mano de Tatjana Gürbaca una puesta en escena literalmente diminuta pero que hizo uso del juego de perspectivas para otorgarle profundidad y aprovechar cada rincón, cajón o armario. El escenario utilizó un espacio reducido que simbolizaría el sentimiento claustrofóbico que experimentan los protagonistas ante el microcosmos de la sociedad pequeña burguesa de la campiña alemana. Los cuatro actos se desarrollan en ese mismo lugar donde los protagonistas se mueven, en ocasiones con cierta dificultad. Resultó una propuesta con lecturas de irregular intensidad y acierto. Gürbaca convence sobre todo en los grandes momentos, como el dúo del primer acto, en el que Charlotte y Werther aun se mueven en su onírica visión del mundo, sincera, abierta y naíf, cuando dejan aflorar sus sentimientos. También fue bien resuelta la escena de las cartas o el emotivo dúo final, con la imagen de ambos protagonistas envejeciendo juntos. Entre las incongruencias, la de Werther cantando de pie y moviéndose a su antojo, a pesar de su entrada después de propinarse un disparo, desplomado en el escenario o ese final a lo 2001: Una odisea del espacio, emulando, se entendió, el amor eterno y universal de la pareja protagonista.
 
El joven director Cornelis Meister dirigió a la Philarmonia Zürich de manera impecable, con cuidado en las dinámicas y en cada frase y detalle impreso en la partitura massenetiana. Ya desde la obertura inicial, las cuerdas fueron una maravilla que regalaron momentos de gran belleza. Los metales y las maderas también brillaron especialmente. Meister consiguió que la orquesta fuera un protagonista más de la velada, tanto en los interludios –qué maravilla el del cuarto acto– como en las escenas, dúos y arias; el director estuvo al servicio de la música y no de un cantante, cosa que quizás, no le pondría las cosas fáciles a Juan Diego Flórez. El peruano regresaba a Zúrich después de su cancelación en I Puritani el verano pasado y se le esperaba con ganas. Las cualidades del tenor son bien conocidas: timbre de homogénea belleza, elegantísimo fraseo, ductilidad, control del fiato, facilidad para apianar, etc. Con los años ha ganado peso en el centro, zona en la que su voz se desenvuelve estupendamente, con comodidad y anchura. Él se lleva a Werther a su terreno y compone una referencial versión del joven atormentado. En Zúrich, un teatro de dimensiones cómodas para su voz, Flórez fue Werther a pesar de que en los momentos más dramáticos y de gallardía quedara cubierto, sin forzar nunca su canto. Su lectura resultó emotiva, sentida y profunda. Ya desde la entrada “Je ne sais si je veille... Ô Nature, pleine de grâce” fue una lección de estilo y saber hacer, incluso mejor que el esperado y vitoreado “Pourquoi me réveiller”, para cerrar el cuarto acto con la emoción a flor de piel.
 
Flórez estuvo estupendamente acompañado por Anna Stéphany (Charlotte), que, dotada de un timbre especialmente agraciado y de cierta carnosidad, hizo una interpretación intensa y cargada de dramatismo. Sobresalió especialmente en la escena de las cartas y en los dúos del primer y cuarto actos con Werther, compenetrándose con el divo peruano. Mélissa Petit (Sophie), de la compañía de Zúrich, es una cantante competente y canta con buen gusto y estilo a pesar de poseer un timbre no muy agradable. Por su parte, el barítono Audun Iversen (Albert) ofreció una correctísima prestación y gustó sobre todo por la calidad de su instrumento. Cabe destacar también el coro de niños que, además de ofrecer una bien conjuntada interpretación, se entregó a las órdenes de la dirección de escena.  * Albert GARRIGA
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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