Opéra de Monte-Carlo
Verdi IL TROVATORE
Nicola Alaimo, Maria Agresta, Marina Prudenskaja, Francesco Meli, José Antonio García, Karine Ohanyan, Christophe Berry, Giani Cossu. Dirección: Daniel Harding. Dirección de escena: Francisco Negrín. 21 de abril de 2017.
 
l Trovatore subió al escenario de Mónaco en la visión de Francisco Negrín © Opéra de Monte-Carlo / Alain Hanel
 
No es nada fácil poner en escena una obra tan conocida como Il Trovatore. Las referencias abundan, y poner de relieve evidencias escondidas es un trabajo que necesita reflexión y también la chispa del genio. Francisco Negrín realizó esta labor con seriedad y conocimiento de causa. Su visión conquistó dando relieve a la madre de Azucena, siempre en el fondo del escenario a lo largo de toda la obra, obsesión permanente de su hija; a su lado, con la hoz de la muerte por símbolo, personificó al niño quemado vivo por error, realzando de esta forma el fondo de la historia, el motivo por el cual el drama se consuma. La escenografía (Louis Désiré), negra, cerrada, carcelaria, contribuyó no poco a crear el ambiente mental –que no físico– en el que se desarrollaron los acontecimientos. La presencia casi permanente del fuego en el escenario introdujo el color rojo, cuyo significado en la historia no precisa más detalles. Finalmente el escenógrafo tampoco olvidó el color blanco, imagen de la inocencia de Leonora.
Daniel Harding se ocupó de todo y en todo momento; trató con gran tacto la partitura, no buscó protagonismo, respetó a los cantantes y, por encima de todo, tuvo en cuenta la viva sonoridad de la sala, evitando así las frecuentes explosiones orquestales, momentos de vulgaridad evidenciados por tantos maestros que, por desgracia, el público aplaude.
 
Nicola Alaimo (Luna) propuso del antipático personaje una versión digna de ser recordada, puesto que a su través translució el amor potente y sincero que profesaba por Leonora; dicha sinceridad –bien apoyada por una emisión diáfana y un respeto total de la fonética italiana– fue la calidad principal del barítono. Maria Agresta (Leonora) cantó con fuerza y elegancia; su emisión fue perfecta en los registros grave y medio, brilló con fuerza solar en los agudos forte, pero mostró alguna dificultad en los cantados piano, lo que afeó su trabajo.
 
Casi lo mismo se dirá de Francesco Meli, Manrico dividido entre el amor filial y el que siente por Leonora; su potente emisión–que hubiese podido cantar las dos estrofas de la célebre cabaletta– quedaba corta cada vez que la nota era aguda y piano. Allí hubo dudas y aproximaciones; por lo demás, defendió su papel con entereza y buen conocimiento vocal y dramático del cuestionable personaje.
José Antonio García (Ferrando) cantó a cinco niños la truculenta historia; su voz resonó como un trueno en la elegante sala del Principado, flexible y contundente, con buen uso del legato, expresivo, sin exceso de emoción añadida, concluyendo su misión sin fallo. Marina Prudenskaja (Azucena) fue tal vez quien se llevó la mejor salva de aplausos de la velada: su emisión, muy clara, casi cristalina, restó sin embargo veracidad al personaje y, alguna que otra nota sorda en el registro grave sustrajo alabanzas para la artista en este papel.
Si el coro de la casa estuvo globalmente a la altura de las circunstancias, se notaron de vez en cuando retardos y conflictos entre los planos vocales, cosa pro lo demás bastante frecuente en un estreno.  * Jaume ESTAPÀ
 

 

 
 
 
 
 
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