O. Sinfónica de Castilla y León
Ravel SHÉHÉRAZADE
Stéphanie d’Oustrac, mezzo. Dirección: Andrew Gourlay. Auditorio de Valladolid, 20 de abril de 2017.
 
 
La Sinfónica de Castilla y León planteó un concierto de un programa muy variado, en el que se ofreció la obertura de Hansel y Gretel de Humperdinck, Taranis de Piper, En saga de Sibelius, E.T.: Aventuras en la Tierra de Williams, el ballet Mi madre la oca y Shérérazade de Ravel. Ante una propuesta tan dispar, en el que el nexo de unión era una referencia al universo fantástico de los cuentos, influyeron factores que contribuyeron a que resultara dispersa, y muy probablemente el carácter de las obras elegidas fue un elemento decisivo.
 
Lo más reseñable estuvo en lo relacionado con el mundo del canto, concretamente en Shéhérazade, obra en la que intervino la mezzo Stéphanie d’Oustrac. La intérprete francesa simbolizó con su voz lo que de sugestivo tiene la partitura; su manera de declamar fue la gran baza de la mezzo, que le valió para revelar el contenido del texto y la música, de melancolía poética. Un pianísimo, una modulación, un filado y la declamación mencionada fueron recursos más que suficientes para que la D’Oustrac diera con la clave: las alusiones a “Asia” en el primero de los poemas, con efectos sonoros diversos, o la manera tan sutilmente diferente de decir las frases que comenzaban por “Je voudrai…” que llevó a su máxima tensión cuando se refirió a “ver asesinos sonriendo al verdugo que corta un cuello inocente”. La insinuante relación con las maderas, especialmente con la flauta, en el segundo de los poemas, o los mínimos cambios de expresión, las modulaciones, su subyugante manera de interpretar el canto spianato dieron constantes frutos, hasta la conclusión en un parlato en piano. D’Oustrac contó con la positiva respuesta de la orquesta y un buen planteamiento del director, mientras la cantante aportaba a través de su voz un registro central esmaltado y un agudo que ensanchaba con generosa facilidad, con una cuidada atención para no romper un arco dinámico y melódico sin refuerzos, ni brusquedades.
El concierto comenzó con la obertura de Hansel y Gretel, más interesante en sus aspectos sinfónicos que en los pasajes en los que se precisaba minuciosidad, recrear un ambiente lírico, o simplemente mayores contrastes. En el resto del programa hubo un poco de todo, desde una Mi madre la oca hasta el estreno de Taranis de Piper, que quedó algo perdido entre las obras de Humperdinck y Ravel. En saga tuvo en la densidad sonora su mejor baza y E.T el Extraterrestre: Aventuras en la Tierra resultó espectacular, bien llevado rítmicamente, aunque muy posiblemente sobró en un concierto que hubiera podido concluir perfectamente con Shéhérazade* Agustín ACHÚCARRO
 

 

 
 
 
 
 
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