Fundación Juan March
Rimsky-Kórsakov MOZART Y SALIERI
Ivo Stánchev, Pablo García-López. Dirección y piano: Borja Mariño. Dirección de escena: Rita Cosentino.  22 de abril de 2017.
 
Un par de detalles de los ensayos de Mozart y Salieri © Fundación Juan March
 
La última edición, por ahora, del ciclo Teatro Musical de Cámara en el que colaboran la Fundación Juan March y el Teatro de La Zarzuela, puso en escena la ópera que Rimsky-Kórsakov compuso sobre la pequeña tragedia que Pushkin dedicó a la leyenda del presunto envenenamiento de Mozart por parte de su archienemigo Antonio Salieri. La obra de Pushkin, como todas las suyas, es un prodigio de síntesis y elegancia, tras del cual se esboza, siempre mediante sobreentendidos, una carga de profundidad acerca de la naturaleza humana, en particular la envidia, pasión insaciable y criminal. Rimsky-Kórsakov entendió muy bien la obra maestra, y en vez de despeñarse por el nuevo lenguaje de la ópera rusa a lo Dargomiyzhski o a lo Musorgsky, todo hecho de elocuciones austeras y prosaicas, optó por profundizar en ella mediante el recurso más tradicional al canto melódico. La inspiración mozartiana, que a veces parece venida de Chaikovsky, se lo facilitaba considerablemente y entre esos dos genios gemelos que son Mozart y Pushkin, la obra, de una hora de duración, avanza sin tregua hasta un final que tiene bastante de tragicómico.
Es obra exigente para las voces, en particular para el bajo encargado del papel de Salieri. Ivo Stánchev, con una presencia y un instrumento imponentes, lo encarnó con gran inteligencia. Faltó algo de sutileza en las medias voces, pero el resultado fue un personaje muy bien dibujado, de los que no se olvidan. El tenor Pablo García-López dio vida al joven Mozart con una voz clara y bien entonada, elegante en la dicción y el fraseo, flexible para adaptarse a las sutilezas que llegaban del piano y con momentos de brillantez notable. No era fácil, porque en la obra el protagonismo se lo lleva Salieri, y con mucho.
Además, la puesta en escena, a cargo de Rita Cosentino, cargó las tintas y se empeñó en hacer explícito lo que en la obra y en la música queda insinuado. Todo resultó oscuro, truculento y super melodramático, casi kitsch, y aunque a veces el humor –negro, muy negro, como debe ser– aparecía en los tremendistas sonidos de tormenta y en las proyecciones de algún sepulturero en acción, se echaba de menos algo de distancia. Se ve que la leyenda sigue pesando, y Mozart parece condenado a encarnarse en pobres inocentes medio tontos. Es lógico, en realidad: ahora que el arte se ha convertido en el sucedáneo de la religión, el coeficiente de inteligencia del artista anda bajo mínimos. Mejor no decir nada del de los aspirantes a artistas, que es casi todo el mundo. En cualquier caso, fue una propuesta solvente, muy bien realizada y dirigida desde el piano, con una tensión incansable y con finos matices, por Borja Mariño* José María MARCO
 

 

 
 
 
 
 
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