Aalto-Musiktheater
Meyerbeer LE PROPHÈTE
John Osborn, Marianne Cornetti, Lynette Tapia, Albrecht Kludszuweit. Dirección: Giuliano Carella. Dirección de escena: Vincent Boussard. 13 de abril de 2017.
 
Vincent Boussard firmó la puesta en escena de Le prophète en Essen © Aalto-Musiktheater / Matthias Jung 
 
Alemania, el país que vio nacer al compositor, es uno de los principales escenarios de la Meyerbeer renaissance vivida en los últimos años, un fenómeno que el tiempo dirá si es coyuntural o definitivo. De momento, este 2017 promete tres importantes nuevas producciones de Le Prophète, el título que, tras una complicada gestación, sucedió 13 años después en París al formidable éxito de Les Huguenots. La primera de estas producciones vio la luz en Essen, no lejos de Münster, escenario principal de una historia de fanatismo basada en hechos históricos –la revuelta de los anabaptistas en el siglo XVI– pero bañada por una intensa relación madre-hijo.
El nivel musical del montaje en un Aalto-Musiktheater con muchas butacas vacías fue más que notable, empezando por la dirección de Giuliano Carella. Controlando todos los aspectos de una partitura prolija, el italiano mantuvo siempre la tensión dramática sin olvidar la brillantez de los pasajes más decorativos. Lo más remarcable de su versión, no obstante, fue cómo supo dar apoyo a las voces sin relegar a un segundo plano una cuidada escritura orquestal, traducida de forma excelente por la Filarmónica de Essen. Sin lucir al mismo nivel, el coro del teatro renano cumplió con solvencia en sus múltiples intervenciones.
 
En John Osborn, Carella encontró un protagonista ideal, gracias a la nitidez de su dicción, la elegancia del fraseo, la valentía en los momentos más agitados y la seguridad en el agudo, incluyendo un efectivo uso del falsete. Si su Jean de Leyde fue uno de los puntales del reparto, el otro fue, como correspondía, la Fidès de Marianne Cornetti. Controlando su potente instrumento en los fragmentos que mostraban la cara afectuosa de la madre de Jean, la mezzo americana dominó con facilidad las escenas más dramáticas. El impacto de la Berthe de Lynette Tapia fue más mitigado, con un canto ágil y aplicado que sufría en ascensiones no siempre cómodas al registro sobreagudo. Karel Martin Ludvik fue un correcto Oberthal, mientras que Albrecht Kludszuweit, Pierre Doyen y Tijl Faveyts encarnaron un insidioso trío de anabaptistas.
Nadie espera encontrar hoy en día los fastos de la grand opéra habituales en el París de mediados del siglo XIX, pero asumiendo la austeridad –más bien deprimente– de la actualización del montaje de Vincent Boussard, no hubiera estado de más una mirada más profunda a las motivaciones de los personajes –Jean es retratado como un jovenzuelo aficionado al fútbol y con ínfulas rockeras– y una mirada menos grotesca y más penetrante sobre los peligros de la manipulación y el fanatismo. Por suerte, la música tuvo mejor defensa.  * Xavier CESTER
 
 

 

 

 
 
 
 
 
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