Teatro alla Scala
Wagner LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG
Albert Dohmen, Erin Caves, Jacquelyn Wagner, Michael Kupfer-Radecky, Peter Son, Anna Lapkovskaya, Markus Werba. Dirección: Daniele Gatti. Dirección de escena: Harry Kupfer
5 de abril de 2017
 
 Harry Kupfer firmó la regia de Los maestros cantores en Milán © Teatro alla Scala / Brescia e Amisano
 
Regresaron tras una ausencia de 25 años los Maestros cantores a La Scala. El espectáculo, con la dirección escénica de Harry Kupfer, vestuario de Yan Tax, diseño de luces de Jurgen Hoffmann, coreografía de Derek Gimpel y proyecciones de vídeo de Thoma Reimer, supone una tranquilizante Theaterregie a la suiza y en consecuencia mucho más soft que otros productos centroeuropeos, ofreciendo como único elemento corpóreo una iglesia gótica en ruinas después de la guerra situada sobre una plataforma giratoria con ruido incorporado. Un ambiente que sirve para los tres actos y que presenta en el fondo la imagen en vídeo de un Nuremberg resurgiendo de sus cenizas, con una gran presencia de grúas en el segundo acto y un inquietante skyline de feos rascacielos en el tercero. El vestuario femenino, poco atractivo, sugiere una época situada en los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo y no sufre modificación alguna a lo largo de la obra. Una regia convencional en términos generales y que, como se dice ahora resignadamente, no molesta.
 
Mucho mejor la vertiente musical, con una orquesta en gran forma bajo la estimulante dirección de Daniele Gatti, por muchos conceptos paradigmática de un modo de entender a Wagner que, lejos de la leyenda y el mito, remite a la auténtica historia alemana, con la perorata nacionalista final de Hans Sachs incluida, un Wagner más doméstico que el de la Tetralogía y demás obras del mismo estilo. Gatti asumió plenamente esta dimensión lírica aunque sin renunciar al énfasis cuando este está previsto por la vigorosa orquestación, con un precioso trabajo de precisión en las escenas más agitadas como en la famosa refriega del final del segundo acto, contando aquí con la colaboración del coro instruido como siempre por Bruno Casoni.
 
Luces y sombras, en cambio, en el reparto vocal. Luz fuerte y poderosa la que aún puede emitir, con una autoridad y un peso sonoro admirable, el veterano Albert Dohmen en el rol de Pogner, el padre de Eva, personaje este encomendado a la soprano Jacquelyn Wagner, de figura elegante y esbelta pero de voz algo ligera para un papel que exige más y que ha de intervenir también en los fragmentos concertados. Voz en definitiva escasamente consistente, que sorprende a la vista del carrerón que de su poseedora informa el programa de mano. El tenor Erin Caves está un poco en el mismo caso y pese a su historial demostró una palpable insuficiencia como Walther von Stolzing. Es cierto que La Scala es un teatro muy grande y su acústica no favorece la proyección de las voces, pero aunque Gatti acudió en su ayuda rebajando el nivel de volumen orquestal en sus intervenciones, nada pudo hacer para mejorar una emisión engolada y siempre al límite del grito, por no hablar de una entonación no siempre perfecta. Mucho mejor fue la prestación del barítono Michael Kupfer-Radecky, que, sin poseer un timbre particularmente bello, sí pudo acreditar una interpretación rica de intenciones y de calor humano aunque este poeta zapatero llegó algo cansado al final, cosa perfectamente comprensible por otra parte. Muy buena la pareja integrada por el David de Peter Son y la Magdalena de Anna Lapkovskaya, y muy centrado en el rol bufo de Beckmesser Markus Werba, particularmente festejado en los saludos finales, cuando a decir verdad se aplaudió a todo el mundo sin demasiada distinción en los relativos méritos. También recibieron su premio en este sentido los personajes secundarios, alumnos de la Academia del Teatro alla Scala, puntuales y muy presentes tanto en el aspecto vocal como en el escénico.  * Andrea MERLI
 
 

 

 
 
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