CNDM
Recital LEO NUCCI
Obras de Verdi, Tosti, Rossini y Puccini. James Vaughan, piano. XXIV Ciclo de Lied. Teatro de la Zarzuela, 18 de diciembre de 2017. 
 
Decía un divulgador musical de cierto renombre que hay un momento en la vida de todo artista en el que la fecha de nacimiento debe volver a figurar en la página de su biografía, ya que supone un milagro más que un lastre. Y es que tres cuartos de siglo no son cualquier cosa. Leo Nucci –Premio ÓPERA ACTUAL 2013– volvió al Ciclo de Lied bajo el formato de “concierto extraordinario” con su natural desparpajo y envidiable sentido del espectáculo. Al igual que hay una diferencia grande entre cantar y dar las notas, también existe entre interpretar un manojo de arias y mimetizarse con los personajes que las propician. El barítono italiano, habitante asiduo de esta segunda categoría, dictó una nueva clase sobre cómo gestionar este negocio artesano de la música en función de los recursos que se tienen a mano.  
La voz de Nucci presentó algunos síntomas de fatiga, a qué negarlo, pero lejos de pretender ocultarlos los puso en primera línea para burlarse de ellos y construir su discurso de hombre de escenario. Sigue llegando a alturas sorprendentes en su registro, sirviéndose de un vibrato ya muy acentuado que no penaliza por su naturalidad. Arrancó la noche con el manifiesto verista de Pagliacci, ese prólogo envenenado de Tonio en el que Nucci supo encontrar acomodo, disfraz incluido. “En escena, otra vez, las antiguas máscaras”, dicen el personaje y el cantante mirando al público, en un amago de ruptura de la cuarta pared que nunca pasa de moda. El resto del programa fueron paseos por algunas páginas queridas del mundo de la canción de salón y del escenario operístico, alternando demostraciones de potencia con momentos de altísima carga dramática. Aunque el público vitoreaba cada sobreagudo en escena –locura desatada al acabar “Largo al factotum”–, siguen siendo en los espacios íntimos en los que Nucci muestra su grandeza. “Donna, vorrei morir” o “Lolita” podrían dar buena cuenta de ello. El piano de James Vaughan, más envolvente que preciso, supo conectar con la socarronería del cantante desde los compases iniciales.      
En este tipo de recitales el concierto de verdad empieza en los bises. Nucci hizo gala de generosidad y de sentido del humor, y regaló como primera propina lo mejor de la noche: la escena con la muerte del Marqués de Posa del Don Carlo verdiano. Es en esa capacidad para modificar el color de la voz y dramatizar cada verso en la que el barítono sigue siendo un referente. Para acabar por todo lo alto, le siguieron el inevitable “Cortigiani, vil razza dannata” de Rigoletto, “Nemico della patria” de Andrea Chénier y una coreada “Mamma, son tanto felice”, aquel himno informal e icónico de Bixio que popularizara Beniamino Gigli. Una noche con cierto sabor a despedida, que es de esperar se disuelva con una próxima –y pronta– visita.  * Mario MUÑOZ