Fundación Juan March
Recital SONIA DE MUNCK
Obras de Salvador Bacarisse, Adolfo Salazar, Julián Bautista, Rodolfo Halffter, Ernesto Halffter, María Rodrigo y Gustavo Pittaluga. Aurelio Viribay, piano. 22 de noviembre de 2017. 
 
Una de las escenas de Mi calle, película de Edgar Neville, se desarrolla en una casa burguesa del centro de Madrid, recién advenida la Segunda República. Allí se celebra un recital en el que la anfitriona, esposa de un capitoste republicano, se esforzaba por cantar, acompañada al piano, canciones y melodías como las que se recordaron en este concierto dedicado al gran Salvador Bacarisse y a sus compañeros del exilio español después de la catástrofe. El recuerdo de Neville, amable como siempre, no dejaba de tener su punto de ironía. Hay en este género cantable una aproximación distanciada y a veces excesivamente estetizante a lo popular, como si el mayor esfuerzo se pusiera en distinguirse de lo vulgar, que para estos compositores del Grupo de los Ocho era tanto el mundo postromántico –la aversión, tan eminentemente comprensible, a la séptima disminuida…– como a lo popular puro, que pocas veces se manifiesta con la pureza cristalina al que estos compositores aspiraban.
Este recital, pues, encuadrado en el excelente ciclo que la Fundación Juan March ha dedicado a Bacarisse y sus contemporáneos, corría el riesgo de despeñarse por el temible abismo de la cursilería. Claro que suponer esto era no contar con el talento y la voz de la soprano Sonia de Munck, que, conociendo tan bien el repertorio de zarzuela –popular sin remilgos estéticos orteguianos–, aborda estas melodías con naturalidad extraordinaria. Así es como el recital discurrió entre la recreación de lo antiguo, en los Cuatro cantarcillos de Bacarisse –o sus muy hermosos Dos cantares de Lope de Vega, en particular el dedicado a la copla famosa “Que de noche le mataron”– y la reinvención de una ingenuidad perdida, con sus dos canciones infantiles, pero también con las dos canciones que Rodolfo Halffter compuso sobre Marinero en tierra, de Alberti. Como final, y a modo de comentario humorístico, un poco a lo Neville, una graciosa tonadilla de una zarzuela desconocida de Pittaluga (El Loro), y en el medio, unas cuantas evocaciones afrancesadas del propio Bacarisse, Adolfo Salazar y Julián Bautista: el aroma inequívoco de Debussy sacó al público del ambiente español pero también le iluminó con su sofisticación.
De Munck demostró una vez más su sensibilidad y su técnica: hay que tener mucha finura para apurar la complejidad de estas obras aparentemente sencillas y que rehúyen el sentimentalismo y la retórica, pero que exigen contención, control y sutileza en la emisión y el colorido. Fue todo un despliegue. El piano no juega un papel menor, y sobre el instrumento recae muchas veces la tarea, delicada, de introducir disonancias y otros comentarios, estrictamente musicales, a una melodía más evocadora que narrativa. Aurelio Viribay resolvió con elegancia y fluidez, y se lució en una hermosa página solista, declaradamente española, como es La copla intrusa, de la compositora María Rodrigo.  * José María MARCO