Opéra National de Bordeaux
Donizetti   ANNA BOLENA
Marina Rebeka, Ekaterina Semenchuk, Dimitry Ivashchenko, Pene Pati, Marion Lebègue, Kevin Amiel, Guilhem Worms. Dirección: Paul Daniel. Dirección de escena: Marie-Louise Bischofberger. 5 de noviembre de 2018.
 
Intérpretes de Anna Bolena en Burdeos © Opéra National de Bordeaux
 
 
La orquesta de la Opéra National de Bordeaux, al mando de Paul Daniel, sonó fuerte, sin matices, durante la obertura. Fue un mal presagio para los cantantes. La duda se resolvió desde las primeras escenas, cuando soprano y mezzo anunciaron desde el escenario que, en materia de volumen, ellas tenían la última palabra. Daniel no se hizo de rogar, plegó velamen y, tranquilizado el foso a partir de este momento, la noche emprendió el rumbo perfecto.
Marina Rebeka subyugó por su canto sí, pero también porque su actitud dramática emocionó al público, aun en el ámbito convencional de los modos belcantistas. Fue ésta la primera vez que la soprano letona representaba a la segunda mujer de Enrique VIII de Inglaterra, y lo hizo con tranquilidad y seguridad pasmosas: timbre y volumen justos para cada intervención, recitativos de gran claridad, fraseo elegante, larga respiración, perfectamente dominada, mezza voce siempre audible... Apareció algún metal en el registro agudo que no hizo sino aumentar la credibilidad del personaje por su recio carácter y su capacidad de afrontar las adversidades. Sobre esta base, la soprano propinó la cabaletta del final del primer acto con una intensidad tal que levantó al público de su asiento y añadió, antes de subir al cadalso, un potentísimo sobreagudo que hizo temblar las paredes del teatro.
Ekaterina Semenchuk interpretó una fabulosa Giovanna Seymour; se admiró su timbre elegante, la calidez de su emisión, la claridad de su dicción y, por encima de todo, su majestuoso legato. Muy convincente en el plano dramático, dio a Marina Rebeka una perfecta réplica que valorizó el trabajo de ambas. El joven tenor Pene Pati –Lord Percy– lució en toda circunstancia un timbre interesante, claro y uniforme; cantó con fuerza, matizando cuanto pudo en los momentos más líricos y dio con chulería una nota larga, brillante y de gran potencia –un Re sobreagudo– momentos antes de su ejecución. A Dimitry Ivashchenko le tocó ser el malo de la película: a la vista de sus compañeras en particular, el bajo ruso no tuvo otra opción que poner toda la carne en el asador, y la puso dando del cambiante personaje de Enrique VIII una versión vocalmente inmejorable, aunque le faltó alguna autoridad en el registro dramático para llegar a convencer plenamente de su maldad.
A los protagonistas principales, un verdadero póker de ases, añádanse la presencia –el registro grave en particular– de Marion Lebègue –Smenton–, la bella voz de Kévin Amiel –Sir Hervey– y la eficaz actuación vocal y dramática de Guilhem Worms en el papel de Lord Rochefort.
El coro, bajo la dirección de Salvatore Caputo, hubo de soportar con estoicismo algunas decisiones de Daniel en el primer acto –aprovechando la ausencia de la soprano y la mezzo–, pero estuvo muy a la altura de las circunstancias. Marie-Louise Bischofberger firmó la puesta en escena, un trabajo discreto y eficaz enmarcado en un cuadro mínimo –Erich Wonder–, más que suficiente para que el público pudiese enterarse de lo que allí se tramaba. Salúdese la pertinencia del vestuario imaginado por Kaspar Glaner. * Jaume ESTAPÀ