Teatro Real
Concierto Mariella DEVIA
Obras de Gaetano Donizetti. Con Sandra Ferrández, Javier Franco, Alejandro del Cerro, Emmanuel Faraldo y Gerardo Bullón. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección: José Miguel Pérez-Sierra. 28 de octubre de 2018.
 
Mariella Devia, en su concierto de despedida en el Teatro Real © Teatro Real / Javier del Real 
 
En su tournée de despedida, la gran Mariella Devia recaló en el Teatro Real con dos de los papeles fundamentales de su carrera: Maria Stuarda y Anna Bolena de Donizetti. Habiendo interpretado hace poco tiempo la Isabel I de Roberto Devereux, el adiós de Devia al Real –donde podía y debía haber cantado más– cerraba también el ciclo de las tres reinas donizettianas, un desafío al que Devia ha sido, con Gencer, Caballé y Sills, de las pocas sopranos en atreverse a responder. Para el recuerdo queda una estelar, pero fugaz, aparición como Norma en 2016, así como la participación en un homenaje a Montserrat Caballé de la que este último recital constituyó un recuerdo inevitable, aunque no explicitado por nadie.
El concierto recogía las dos últimas escenas de las óperas donizettianas, precedidas ambas de las correspondientes oberturas. Y aunque todo el público lo sabía, nadie dejó de asombrarse ante la belleza de la voz, la perfección de la técnica y la intensidad expresiva de una cantante que ha sabido preservar su arte hasta el final. Fallaron, como es natural, algunos agudos y se ha acentuado cierta sequedad propia, por otro lado, de una consumada estilista. Da igual, porque todo lo demás está intacto y le permite abordar papeles tan difíciles como estos.
En Anna Bolena bordó el momento más conmovedor de todo el recital, con un “Al dolce guidami” de una suavidad y una ternura sin límites, con la voz continuamente al borde de la ruptura –dramática, no técnicamente– en la que la impecable línea de canto sirvió para expresar el doble abismo al que se asoma el personaje, entre el revivir un pasado idílico y la muerte inminente. Había venido precedido de un soberbio recitativo, en el que la elegancia del  fraseo, tan adecuado a la humanidad donizettiana, dejaba ver el profundo desequilibrio del personaje. En la cabaletta, Devia demostró su sabiduría escénica y dramática recurriendo a sobreagudos que subrayaron lo trágico del momento sin desvirtuar la limpieza del canto.
En las notas últimas de Maria Stuarda la soprano convirtió el sobreagudo final en un lamento de despedida –también despedida propia–, lo que hacía imposible cualquier propina. Antes se pudo escuchar una preciosa oración, con un pianissimo sostenido sin fallos, con la rotundidad que exige ese momento de duelo pero también de reivindicación. La nobleza con la que cantó la cabaletta “Ah! se un giorno da queste ritorte” demostró el talante, muy raro, de gran trágica. Entre el lirismo y la dignidad, en pleno centro de una verdad plenamente humana, Devia culminó lo que Donizetti llamó aria del supplizio. Quién mantendrá ahora la pureza del gran estilo de canto…
Acompañaron a Mariella Devia un puñado de excelentes cantantes. La mezzo Sandra Ferrández bordó su Smeton y sobre todo su Anna Kennedy, que le dio la ocasión de lucir técnica y voz, rotunda, con graves muy hermosos. El bajo Javier Franco se encargó de Rochefort y Talbot, y consiguió en sus breves intervenciones dotar de humanidad a los dos personajes. Muy bien los tenores Alejandro del Cerro y Emmanuel Faraldo, así como el barítono Gerardo Bullón.
La Orquesta Titular del Teatro Real empezó con algún desajuste, pero pronto superó los problemas y demostró un extraordinario saber hacer y un excelente sonido en una partitura que exige además intervenciones solistas de relevancia. José Miguel Pérez-Sierra dirigió con maestría y acierto, con la necesaria rotundidad pero también con la delicadeza que exige siempre Donizetti, y muy atento, como es debido, a la línea de canto. Fabuloso el coro, que abrió la escena de Maria Stuarda con una entrada memorable de empaste, de dicción y de sensibilidad.  * José María MARCO