Teatro Real
Kaija Saariaho ONLY THE SOUND REMAINS
Philippe Jaroussky, Davone Tines. Dirección: Ivor Bolton. Dirección de escena: Peter Sellars. 29 de octubre de 2018.
 
Philippe Jarossuky, en Only the Sound Remains © Teatro Real / Javier del Real
 
La última ópera de la compositora finlandesa Kaija Saariaho, de la que no se había estrenado nada en el Teatro Real, se basa en dos historias sacadas de la tradición noh –antes – del teatro japonés difundidas en Occidente por el orientalista Ernest Fenollosa,  hijo de un español, y retomadas luego por el poeta Ezra Pound, de resbaladizas simpatías políticas. La primera –Always Strong: aquí los japoneses hablan inglés como en Madama Butterfly hablaban un perfecto italiano– cuenta la historia del encuentro entre un monje y el espíritu de un guerrero, favorito del emperador que le regaló un laúd casi mágico, reencuentro que acaba en una escena de amor entre ambos seres, al parecer no tan inmateriales como se nos había dado a entender. En la segunda –Feather Mantle, o Manto de plumas–, un pescador encuentra una hermosa prenda de abrigo perteneciente a un ángel despistado, que para recuperarla debe proceder a danzar, ante su muy esteta nuevo amigo, unos bailes divinos. Correrán a cargo de la gran bailarina Nora Kimball-Metzons, que hace todo lo posible para evocar lo irrepresentable, como es el mundo de la divinidad.
Es en esa tesitura, entre el espíritu puro y su representación terrenal, donde se mueven las dos obras, un mundo sonoro hecho de esbozos, glissandi, sutilezas armónicas, acordes no resueltos, tonalidades que no acaban de cuajar, exploración intensiva de los colores que proporcionan, en el foso, un cuarteto de cuerdas –el magnífico Meta 4 Qartett, bien conocido en nuestro país–, el cuarteto vocal Theatre of Voices, de una sutileza al parecer infinita, así como una flauta, un kantele –instrumento de cuerda pinzada japonés– y un percusionista.
Philippe Jaroussky, muy lejos de sus habituales despliegues de virtuosismo desenfrenado, se encargó de dos papeles (Guerrero músico y Ángel) que exigen retención y delicadeza vocal. El bajo-barítono Davone Tines le dio la réplica muy convincentemente, con un hermoso timbre. Todo estaba amplificado, con la justificación del tratamiento del sonido a cargo de Christophe Lebreton, que se esforzó por desmaterializarlo y suscitar algo inaudito y radicalmente novedoso.
La puesta en escena de Peter Sellars fue todo lo fina y escueta que se podía esperar, reducida a unos telones, juegos de sombras, movimientos pausados y un mínimo de elementos. A la batuta estuvo Ivor Bolton, que con gran inteligencia fue capaz de desentrañar una partitura idealmente espiritual, sin miedo a las comparaciones con una tradición mística tan densa, y tan seria, como la española.  * José María MARCO