Teatro Real
Brahms UN RÉQUIEM ALEMÁN
Adela Zaharia, Richard Sveda. Ballet Am Rhein Düsseldorf Duisburg. Dirección: Marc Piollet. Escenografía: Martin Schläpfer. 13 de octubre de 2018.
 
Bailarines del Ballet Am Rhein Düsseldorf Duisburg durante la interpretación del Réquiem alemán de Brahms © Teatro Real / Javier del Real
 
El Réquiem alemán de Brahms se presta a interpretaciones variadas, por no decir contradictorias. Hay quien lo entiende como un canto de consuelo ante lo irremediable, una suerte de reconciliación final con la vida: se argumenta en este caso que en vez de un réquiem, Brahms habría compuesto, con su peculiar selección de textos, una oración ya que no secular, sí al menos ecuménica. Por otro lado, se subraya que no es trivial que Brahms titulara esta obra maestra con dos palabras: réquiem y alemán. Se estaría, por tanto, ante una pieza religiosa en conmemoración de los difuntos y con un fuerte marcado alemán, que en este caso resulta inequívocamente luterano. Las dos interpretaciones entraron en conflicto en el Teatro Real con la puesta en escena coreográfica de la obra a cargo del Ballet Am Rhein.
Estaban, de una parte, la orquesta y el coro invisibles en el foso, que realizaron, con Marc Piollet al frente, una interpretación luminosa y matizada de la obra. Rozó muchas veces una sensualidad y un esplendor que no se puede llamar más que católicos, estando como se estaba en el terreno de la música sacra. La soprano Adela Zaharia, de voz aterciopelada, cantó un “Ihr habt nun Traurigkeit” conmovedor y el barítono Richard Sveda expuso magníficamente su parte. Y mientras desde el foso se elevaba este canto, tal vez un poco forzado y en algún momento demasiado preciosista, al sentido eterno de la vida y a la misericordia infinita de Dios, en el escenario se desarrollaba una historia muy distinta: allí reinaba una austeridad calvinista, más aún que luterana, en blanco y negro, con unos inhumanos neones blancos, y unos bailarines ataviados con unos muy simbólicos trapos oscuros. Ahí estaba la angustia ante el impenetrable destino señalado por aquello que para los seres humanos solo puede ser –dada su incapacidad para darle sentido– la arbitrariedad del Señor: el abismo que separa a la humanidad doliente y angustiada de su Dios y, en realidad, la ausencia de este.
El conflicto entre lo que se escuchaba y lo que se veía se trasladó a la escena. La propia coreografía de Martin Schläpfer conjuga movimientos abstractos con lo que es, en muchos momentos, algo más que la evocación de una técnica clásica. Y llega el momento en el que cesa cualquier movimiento y los bailarines se sientan, sin duda para escuchar la música divina de Brahms. Tal vez habría sido mejor que la Orquesta y el Coro hubieran estado presentes en escena, aunque eso habría reducido el alcance de la contradicción entre uno y otro nivel de interpretación. Gran éxito entre un público que acogió con entusiasmo una función intelectual y poco amena, salvo por la música.  * José María MARCO