Teatro alla Scala
Cherubini ALI BABÀ E i QUARANTA LADRI
Riccardo della Sciucca, Alexander Roslavets, Francesca Manzo, Alice Quintavalla, Eugenia Nieto. Dirección: Paolo Carignani. Dirección de escena: Liliana Cavani. 5 de septiembre de 2018.
 
Riccardo della Sciucca, Francesca Manzo y Alexander Roslavets, tres de los protagonistas de Ali Babà e i quaranta ladri en Milán © Teatro alla Scala / Brescia e Amisano 
Por segunda vez en La Scala, tras su debut en 1963 en la desafortunada versión italiana de Vito Fratti, aparecía esta ópera de Cherubini con la que el compositor de 73 años ponía fin a su larga carrera operística, coronada por una indiscutible obra maestra como Medea (1797). Hay que decir ante todo que la propuesta, asignada a los cadetes de la Academia de La Scala, revistió una apreciable dignidad. El espectáculo escénico ante todo, confiado a la sapiencia de la maestra Liliana Cavani, que supo exponer perfectamente el contenido de la trama sin otra modernidad que presentar durante la obertura y al final a los principales protagonistas como usuarios de una biblioteca –¿la de la Academia?– que es de creer utilizan diariamente. Por lo demás, la acción se centra en la fábula del amor de Nadir por Delia, la hija de Ali Babá, aquí representado como un rico contrabandista de café. Bella la escenografía de Leila Fteita, rico el vestuario de Irene Monti, graciosa la coreografía de Emanuela Tagliata y eficaces las luces diseñadas por un sabio Marco Filibeck.
En la vertiente musical, la orquesta y el coro de la Academia, este último bien adiestrado por Alberto Malazzi, respondieron a la batuta de un Paolo Carignani que debutaba tardíamente en el podio scaligero después de haber ocupado los de medio mundo. Dirección convincente que supo traducir perfectamente el tono de resonancias clásicas, mozartianas a veces, de una partitura exigente para los jóvenes ejecutantes. Teniendo en cuenta la dificultad de los papeles –que 55 años atrás daban que hacer a gente como Alfredo Kraus, Teresa Stich Randall, Orianna Santunione, Wladimiro Ganzarolli, Paolo Montarsolo, Agostino Ferrin o Piero de Palma–, todos los participantes hicieron honor al empeño, desde el óptimo protagonista, el bajo-barítono Alexander Roslavets, pasando por la trepidante Delia de Francesca Manzo, a la apreciable Morgiane de Alice Quintavalla o al tenebroso Aboul-Hassan, jefe de aduaneros, de Eugenio Nieto. Una bella sorpresa, que mantuvo vivo el interés de una velada poco concurrida, fue la prestación de Riccardo della Sciucca en el rol de Nadir: se había distinguido ya como Mensajero en la Aida de la última reposición en La Scala y aquí, en una parte especialmente difícil, mostró no solo seguridad en el registro agudo, generoso y squillante, sino nobleza en la línea musical, gusto y refinamiento en el fraseo y una importante presencia escénica, elementos todos que permiten pensar en él como alguien a quien no se debe perder de vista.  * Andrea MERLI