Bayerische Staatsoper
Wagner  EL ANILLO DEL NIBELUNGO
Wolfgang Koch, Nina Stemme, Stefan Vinke, Jonas Kaufmann, Anja Kampe. Dirección: Kirill Petrenko. Dirección de escena: Andreas Kriegenburg. Teatro Nacional, 20, 22, 24 y 27 de julio de 2018.
 
Nina Stemme y Stefan Vinke, Brünnhilde y Siegfried en Múnich © Bayerische Staatsoper / Wilfried Hösl 
 
Múnich se ha convertido en la alternativa más potente, wagnerianamente hablando, al Festival de Bayreuth, tal y como evidencia la programación este año del festival veraniego que cierra la temporada de la Bayerische Staatsoper. Junto a la estelar nueva producción inaugural de Parsifal, el festival contó con un ciclo entero de Der Ring des Nibelungen con un reparto de campanillas bajo la batuta de Kirill Petrenko. Nuevamente fue el director musical de la compañía el que se reveló como el auténtico artífice de una versión de altísimo nivel. El Wagner de Petrenko es de una fluidez desarmante, entretejiendo con naturalidad los múltiples elementos motívicos y negociando las transiciones de forma magistral. Bajo su precisa batuta, todas las facetas de la vasta partitura encuentran su lugar preciso, beneficiándose de una admirable transparencia que revela detalles insospechados sin perder nunca de vista la globalidad del discurso. Esta característica fue especialmente remarcable en un Das Rheingold de tempos ágiles que fue pura filigrana, reservando Petrenko los acentos más efusivos para Die Walküre. La intensidad aumentó varios grados en un Siegfried que, sin traicionar su supuesto carácter de scherzo de la Tetralogía, culminó en majestuoso despertar de Brünnhilde. Götterdämmerung fue el colofón inmejorable, una lectura grandiosa de cabo a rabo en la que Petrenko obtuvo una respuesta espectacular de coro y orquesta.
El reparto reunido en Múnich estuvo en general a la altura de las expectativas que generaba. Una de las grandes triunfadoras, después de una Inmolación soberana, fue Nina Stemme, Brünnhilde de una rara inteligencia musical. Su fraseo siempre señorial tradujo de forma nítida los diferentes estadios por los que pasa la valquiria: en la confrontación con Wotan, en la que fue patente el dolor y la incomprensión ante la reacción del padre de los dioses; en la riqueza de matices del dúo final de Siegfried, en la humillación por el sometimiento ante el falso Gunther o la ira por la traición de Siegfried. Solo en el extremo agudo Stemme mostró cierta dureza, compensada con creces por la firmeza con que mantiene la voz. Stefan Vinke fue un Siegfried intrépido, con un canto franco que atacaba los agudos de forma casi temeraria y resistencia suficiente, componiendo un personaje de sonrisa permanente quizá más apropiado para su versión más joven. Wolfgang Koch fue un Wotan irregular: apagado en Rheingold, más expansivo en Walküre pero con problemas en el final, y felizmente recuperado en Siegfried, aunque la tesitura más grave del Wanderer no siempre le favorecía. En el prólogo, fue lógico que su némesis recibiera más sufragios, ya que John Lundgren fue un Alberich de amenazadora negrura, bien complementado en el Mime saludablemente histriónico de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (sensacional en Siegfried). Ain Anger no cargó las tintas como Fafner y Hunding, mientras que Hans-Peter König, pese al desgaste del instrumento, sigue siendo un terrorífico Hagen.
En Die Walküre la atención recaía en Jonas Kaufmann, en un papel, Siegmund, que ha interpretado en escasas ocasiones. Asumiendo de forma plausible las partes más heroicas, el tenor alemán destacó en los arrebatos poéticos del Wälsung, con un “Winterstürme” abordado con la delicadeza de un Lied. La Sieglinde incendiaria de Anja Kampe fue la mejor compañera posible. Ekaterina Gubanova fue una Fricka de voz clara y limitada autoridad, Okka von der Damerau convenció más como hiriente Waltraute que como Erda y Markus Eiche dio notable prestancia tanto a Donner como a Gunther. Impecables los equipos de hijas del Rin, valquirias y nornas.
Estrenada en 2012, la producción de Andreas Kriegenburg carece de un hilo conductor definido, pese a algún elemento recurrente. El más remarcable, el uso del cuerpo humano como elemento escenográfico y dramático, a partir de un grupo de extras que aparecen ya antes de que suene la música, vestidos de un blanco puro. Con las primeras olas sonoras, se transforman en olas del Rin, para reaparecer, a lo largo del ciclo, como muros del Walhalla, criadas de Hunding, o mayordomos de Wotan, haciéndose su presencia más evidente en Siegfried, en una jocosa escena de la forja o como amenazador dragón.
El otro hilo perceptible es el poder corruptor del dinero, apuntado vagamente en el prólogo y que en Götterdämmerung se manifiesta en la ultramoderna escenografía de Harald B. Thor, un palacio de poder y consumo con el símbolo del euro como epicentro. Después de la catástrofe final, la masa vestida de blanco reaparecía para envolver a la desconsolada Gutrune, una forma plausible de cerrar el círculo. Sin ofrecer nuevas perspectivas, al menos Kriegenburg respeta los elementos básicos de la narración.  * Xavier CESTER