Festival de Verano
Rossini  L’ITALIANA IN ALGERI
Marianna Pizzolato, Francisco Brito, Carlo Lepore, Joan Martín-Royo, Arantza Ezenarro,
Alejandra Acuña, Sebastià Peris. Dirección: Paolo Arrivabeni. Dirección de escena: Joan Anton Rechi. Teatro-Auditorio del Escorial, 28 de julio de 2018.
 
Marianna Pizzolato, protagonista de L’Italiana in Algeri en San Lorenzo de El Escorial © Festival de Verano 
Bajo el velo del 150º aniversario de la muerte de Rossini y en forma de coproducción llegaba esta Italiana in Algeri a San Lorenzo de El Escorial con mejores intenciones que realidades. La acción, delirante hace más de dos siglos y aun hoy, se traslada en la propuesta de Joan Anton Rechi a los años cuarenta, en una especie de teatro dentro del teatro que busca la estética y complicidades del mundo de la revista. Los continuos juegos de ruptura de la cuarta pared se acompañaron de otro buen puñado de arquetipos de género para un montaje escénico de telones pintados y escasas estructuras. Puestas así las cosas, la responsabilidad del espíritu bufo recaía en el movimiento de actores y los gags extradiegéticos que buscaban la empatía del espectador (personajes corriendo en escena y el clavecinista interpretando por unos segundos la banda sonora de Carros de fuego, por ejemplo). El resultado era simpático en ocasiones, a veces un tanto manido, pero suficiente para construir sobre él una buena arquitectura efímera.
En el reparto destacó por adecuación, proyección y vis cómica Carlo Lepore en el papel de Mustafá. El complejo entramado de melodías onomatopéyicas y fanfarronería continua funcionó en su voz trabajada, que resuelve sin pérdidas de compostura sonora las notas más graves de la tesitura. Sus escenas como “Pappataci” resultaron tan hilarantes como merece el libreto. Por su parte Marianna Pizzolato, voz asidua de las óperas rosinnianas, fue de más a menos como Isabella, arrancando con timbre cuidado y detalle en la coloratura pero moderando el volumen a medida que pasaban las escenas hasta acabar diluida en cada número de conjunto. El tenor Francisco Brito dibujó un Lindoro que respondió a sus necesidades de agudos con afinación pero sin brillo, con algún estrangulamiento durante el segundo acto. Joan Martín-Royo tampoco es nuevo en estas lides bufas –recuérdese aquella Flauta mágica de Barrie Kosky– y cumplió sin estridencias. El resto de cantantes se movió entre lo cumplidor y lo notable.
La música de Rossini es siempre un desafío para una orquesta, tal vez por la meticulosidad que precisa en su estructura para transmitir esa intensidad que parece casual. Paolo Arrivabeni dirigió con pulso y tempi acertados, aunque le faltaron algunos matices dinámicos para redondear la lectura. La sincronización entre voces y orquesta se resintió en los momentos más extremos, pero este aspecto es una ecuación irresoluble para la mayoría de las orquestas. Buen rendimiento de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, respetuosa con el estilo y estética de la ópera. El público recibió con entusiasmo este montaje, que no será recordado por su elegancia pero que cumplió sobradamente el objetivo de hacer pasar un buen rato sin ejercicios de trascendencia.  * Mario MUÑOZ