Teatro Real
Donizetti LUCIA DI LAMMERMOOR
Lisette Oropesa, Javier Camarena, Artur Rucinski, Roberto Tagliavini, Yijie Shi, Marina Pinchuk, Alejandro del Cerro. Dirección: Daniel Oren. Dirección de escena: David Alden. 22 de junio de 2018.
 
Javier Camarena y Lisette Oropesa, Edgardo y Lucia en Madrid © Teatro Real / Javier del Real 
Volvió al Real un título tan clásico y tan querido por el público como es la Lucia di Lammermoor de Donizetti, obra repuesta en una única ocasión en la nueva andadura de este escenario, entonces con la gran Edita Gruberova de protagonista. Esta vez la estrella era la soprano norteamericana Lisette Oropesa, joven –como corresponde al papel–, excelente actriz y sobre todo, una cantante de primera fila, con una voz flexible, dúctil, llena y suave a la vez, homogénea en todo el registro –excepto alguna nota extrema un poco destemplada, sin importancia–, capaz de hacer verosímil el aria de la locura y lanzarse en una línea de canto muy puro a la expresión más extática de la esperanza de amor.
Le dio la réplica el tenor mexicano Javier Camarena, que debutaba el papel de Edgardo y que estuvo a la altura del reto aportando una voz que, sin dejar de ser aérea, ha ido ganando consistencia y humanidad, con un timbre brillante y ataques valientes y limpísimos. Falló un tanto en la última escena, desigual y algo falto de aliento, momento pobremente resuelto en el que se le hizo cantar sentado.
Artur Rucinski, de hermosa voz baritonal, plantó un oscuro y obsesivo Enrico, con detalles –que se agradecen, la verdad– de lucimiento en los agudos. Roberto Tagliavini, bajo bien conocido y apreciado en el Real, cantó un Raimondo casi ruso por la intensidad y lo atormentado de la actuación y la línea de canto. Muy entonado en un pura línea belcantista Yijie Shi en su breve pero importante intervención como Arturo, y estupendos Marina Pinchuk (Alisa) y Alejandro del Cerro (Normanno).
Excelente y bien entonado el coro y muy fina la orquesta –no son fáciles de entender las amplificaciones del arpa y la armónica de cristal, que sustituyó a la flauta en la escena de la locura–, más incluso que la dirección de Daniel Oren, entusiasta eso sí, y de gran dinamismo.
Algo de sobreactuación y cierto trazo no muy depurado perturbaron el lirismo de una obra extremadamente delicada, de fascinante inestabilidad melódica. Así ocurrió en el sexteto, que quedó frío, aunque –por el contrario– resultó extraordinaria la larga escena de los dos hermanos.
La oscura puesta en escena de David Alden no fue del todo bien acogida por el público madrileño; lleva la acción al siglo XIX, hace explícito lo sugerido y busca el efecto truculento en lugar de la emoción. En algún momento parece que se está en un manicomio, con una Lucia que estaría alucinando su peripecia; y en otros, en la casa familiar de los Monsters. En cambio, el público premió con grandes ovaciones a la orquesta y a los cantantes, en particular a la protagonista, triunfadora de una velada que incluso podría tacharse de memorable.  * José María MARCO