Grand Théâtre
Mozart DON GIOVANNI
Simon Keenlyside, David Stout, Patrizia Ciofi, Myrtò Papatanasiu, Ramón Vargas, Thorsten Grümbel, Mary Feminear, Michael Adams. Dirección: Stefan Soltesz. Dirección de escena: David Bösch. 8 de junio de 2018.
 
Simon Keenlyside protagonizó Don Giovanni en Ginebra © Grand Théâtre de Genève / Carole Parodi 
 
Como cierre de temporada el Grand Théâtre de Ginebra propuso concluir el ciclo Mozart-Da Ponte que inició la temporada anterior con un Così firmado también por David Bösch, el enfant terrible de la escena operística internacional, con un efectista Don Giovanni. El regista, poseedor de un profundo sentido teatral que le permite elaborar conceptos dramáticos de fuerte impacto, centrados, sobre todo, en un desarrollado trabajo de actores, situó este Don Giovanni en una época similar a la del Così de la temporada anterior. Si en el curso pasado la inspiración de Bösch situó la acción en el mítico cabaret Kursal de La Habana,  en esta ocasión su soplo creativo le pudo venir del abandonado teatro Campoamor de la capital cubana. Es ese un espacio decadente del que se erige dueño y señor un trasnochado Don Juan que le da a todo: sexo con todos, drogas –cocaína y alcohol, básicamente– y mucha fiesta. Si bien en el Così Bösch jugó con una dinámica teatral muy pizpireta, en Don Giovanni todo se cubrió de una pátina decadente y decrepitud. Incluso la fiesta del primer acto respiraba ese aire cochambroso y sucio y, claro está, indecente. Fantástica teatralmente la escena de la cena con el comendador cuando, literalmente, el teatro engulló al disoluto en al infierno de las bambalinas, junto al Comendador. 
La dirección musical de Stefan Soltesz optó por la versión del estreno de Praga, que, entre otras, no contempla la maravillosa “Dalla sua pace” de Don Ottavio o “Mi tradì quell'alma ingrata” de Donna Elvira. Su dirección, en general, pecó de excesivamente sonora y, en ocasiones, de poco refinada, pero resultó muy vibrante, tanto a nivel de dinámicas, como de tempi, aunque hiciera pasar algún mal trago a los cantantes, en alguna ocasión, como en el finale primo. Así mismo, el maestro húngaro estuvo en todo momento pendiente de que este dinamismo no restara atención al fraseo mozartiano y obtuvo momentos de gran brillantez.
Pasan los años y Simon Keenlyside (Don Govanni) sigue seduciendo y llevándose el calor del público con este rol fetiche; si bien es cierto que el color y la gallardía no son las mismas que antaño y que resbaló en “Finch'han dal vino” –¿quién no lo hace?–, encandiló en “Deh, vieni alla finestra”. David Stout hizo un Leporello efectivo musical y teatralmente, conjugando una sólida página, la del catálogo. Patrizia Ciofi estuvo maravillosa como Donna Anna; a pesar de haber perdido esmalte y tener un registro medio-grave algo inaudible, la cantante toscana conserva un buen control técnico, es pura musicalidad y elegancia y tuvo momentos muy emotivos, como en “Non mi dir”. A su lado, Myrtò Papatanasiu (Donna Elvira) tuvo una prestación algo irregular y un canto muy poco mozartiano, amén de un registro agudo estridente. Ramón Vargas fue una verdadera sorpresa como Don Ottavio, con un instrumento no tan brillante como antaño, pero aun muy bonito y que llevó a buen puerto “Il mio tesoro” con un excelente control técnico y de fiato. Por su parte, Mary Feminear fue una teatralmente convincente Zerlina, a la que se le echó en falta un poco más de delicadeza mozartiana, con un “Batti, batti, o bel Masetto” algo plano; a su lado, Michael Adams (Masetto) gustó también más por su entrega en la escena que por un canto realmente depurado. El Commendatore de Thorsten Grümbel pasó sin pena ni gloria, con una proyección engolada y poco efectista.  * Albert GARRIGA