CRÍTICAS

OpernKöln
Zimmermann DIE SOLDATEN
Frank van Hove, Emily Hindrichs, Judith Thielsen, Kismara Pessatti, Nikolay Borchev, Dalia Schaechter, Sharon Kempton, Alexander Kaimbacher, Alexander Fedin, Martin Koch, Miroslav Stricevic, John Heuzenroeder, Oliver Zwarg, Miljenko Turk, Wolfgang Stefan Schwaiger, Peter Tantsits, Young Woo Kim, Dino Lüthy, Hoeup Choi, Heiko Köpke, Carsten Mainz, Anthony Sandle, Ján Rusko. Dirección: François-Xavier Roth. Dirección de escena: Carlus Padrissa (La Fura dels Baus). 11 de mayo de 2018.
 
Carlus Padrissa montó Die Soldaten en Colonia © OpernKöln / Paul Leclaire 
 
Carlus Padrissa, que junto a Àlex Ollé, pone el sello de La Fura dels Baus allá donde les llame el panorama operístico internacional, ha podido realizar el sueño de Bernd Alois Zimmermann y el suyo propio: dirigir un nuevo concepto escénico de ópera con una escena en 360º que envuelve al público y a la orquesta en una inmersión musical y visual total. En el año en que se cumple el centenario de Zimmermann, que nació en Colonia el 20 de marzo de 1918 –y que se suicidó el 10 de agosto de 1970–, la ópera de su ciudad natal salda la deuda que contrajo con él en 1965, cuando estrenó sus Soldados en la forma escénica tradicional, sin poner a prueba su concepción visionaria de lo que debía ser la ópera contemporánea. 53 años después, el resultado logrado por Padrissa da la razón a su autor y da un paso adelante en la creación escénica musical del siglo XXI. Una orquesta de 120 músicos y con 23 cantantes, 18 figurinistas y 4 bailarines en el escenario completan la espectacularidad de la puesta en escena de esta obra maestra, la única creación operística que dejó Zimmermann y que esta temporada también forma parte de la programación del Teatro Real.
En 2011, Padrissa se atrevió a hacer realidad la monumentalidad (¡nueve horas!) de Sontag, del ciclo Licht de Stockausen; entonces descubrió el Staaten Haus, a orillas del Rin, un espacio neutro, cuadrado y enorme en el que poner a prueba, como en un laboratorio, su concepción escénica total que está en el espíritu furero desde sus inicios.
En Die Soldaten, una plataforma envuelve a las 700 personas del público ubicadas en sillas giratorias para que sigan la acción que se va situando en varios puntos de este escenario circular como si fuera la esfera de un reloj o el anillo de un planeta. Bajo un variado juego de luces y de vídeos, van apareciendo los cantantes, que también actúan entre el público, cruzando de un lado a otro por los pasillos o delante de la orquesta, que parece fundirse con el público en la otra mitad de este anfiteatro construido con andamios y materiales efímeros, sin camerinos, lo que permite que músicos y cantantes se mezclen con el público antes de la función. Se han necesitado dos directores musicales y varios monitores para poder dirigir a los cantantes cuando quedaban de espaldas al maestro François-Xavier Roth que llevó esta obra mastodóntica con mano firme y maestría para amalgamar la extensa variedad de timbres, ritmos y acentos vocales, una propuesta que incluye una bailarina flamenca y otros tres bailarines.
La degradación de la inocencia de Marie, arquetipo de la pureza femenina, en manos de estos soldados, hace sentir esta música como un clamor contra la autodestrucción que supone la violencia del hombre, tanto en lo público como en lo privado. Cabe destacar las actuaciones de la soprano estadounidense Emily Hindrichs (Marie), de la mezzosoprano alemana Judith Thielsen (Charlotte), del tenor alemán Martin Koch (Desportes), del barítono ruso Nikolay Borchev (Stolziusy) y del bajo alemán Frank van Hove (Wesener), quienes, junto al resto de voces, formaron un todo compacto tanto por la fuerza de su interpretación como por su rigor y calidad, que contó con una mínima sonorización, imperceptible, para uniformizar la acústica del espacio. La variedad de conjuntos instrumentales, con combo de jazz incorporado, contribuyó a ampliar la extensísima paleta sonora de esta obra, que pasa de una transparencia de cariz barroco a la textura densa de raigambre wagneriano. El impacto del movimiento escenográfico constante, la variedad de fuentes sonoras y la sensación de inmersión escénica, con la plástica potente y colorista de Padrissa, entusiasmó a un público que se quedó unos minutos en silencio después de vivir la extrema tensión de la escena final, en la que los soldados se van situando en esta plataforma circular al ritmo trepidante de la percusión y en un fortísimo de la masa orquestal que se interrumpe con el suicido de los soldados, suspendidos en el vacío del silencio en que deja esta música.  * Mònica PAGÈS