CRÍTICAS

Théâtre des Champs-Élysees
Gluck ORFEO ED EURIDICE
Philippe Jaroussky, Patricia Petibon, Emöke Baráth. Dirección: Diego Fasolis. Dirección de escena: Robert Carsen. 22 de mayo de 2018.
 
Philippe Jaroussky y Patricia Petibon cantaron Orfeo ed Euridice en París © Théâtre des Champs-Élysées / Vincent Pontet 
 
Se inició la narración de la historia en un campo yermo, un pedregal gris, en el que se había cavado la fosa en la que debía yacer para siempre el cuerpo inerte de Euridice. Siguió en el mundo de los muertos, eminentemente oscuro, iluminado tan solo por cincuenta velas, una para cada corista, dispuestas en círculo. Concluyó en el mismo lugar donde había comenzado. Tobias Hoheisel concibió una escalofriante escenografía y un vestuario, en blanco, gris y negro, que imprimieron carácter a la insólita leyenda y acentuaron, por contraste, el inesperado y bienvenido final feliz.
En este marco de escalofriante desnudez, trabajó Robert Carsen la sencilla –en apariencia– dramaturgia de los tres personajes y las sofisticadas evoluciones del coro. Fieles al texto de Raniero de’ Calzabigi, siguiendo las órdenes del director de escena, expresaron los protagonistas penas y alegrías sin gesticulaciones excesivas, con el gesto necesario, sin más. Escenografía, vestuario y dramaturgia enmarcaron muy eficazmente el conocido mito del músico semidiós, su desgraciada esposa y el amor personificado, como un espíritu santo, que reunía a ambos.
Philippe Jaroussky pudo entonces demostrar hasta qué punto era capaz de brillar vocalmente. La partitura a su cargo, larga y llena de dificultades, no contenía ni una nota de adorno, y el contratenor la resolvió siempre con arte y ciencia. En esta versión, su parte es tensa como la cuerda de un arco, llana, tan ardua como la escenografía propuesta, pero la recitó el artista con simplicidad, con fonética inteligible y con sentimiento profundo también. Por momentos, la situación, onírica e impensable, pudo parecer real. Llegó, como una liberación, la esperada aria “Che farò senza Euridice?”. La dulzura de su línea melódica, acentuada por el timbre generoso del artista, alejó por un momento –paradójicamente el instante más dramático de la obra– las penas resentidas en la sala a lo largo de la velada. Fue como un anuncio del feliz desenlace que se avecinaba. 
Patricia Petibon dio una versión vocal de Euridice muy conforme con la adustez y la sequedad de la escenografía y la tragedia vivida por su desgraciado personaje. Sin entender la situación, insistió, rogó, imprecó para recibir la mirada de su marido con acentos de gran dureza. No escatimó la artista decibelios, ni dureza en sus gestos haciendo así creíble la decisión final de Orfeo con la consiguiente consecuencia fatal para ella. Emöke Baráth personificó la unión amorosa entre ambos amantes.
El coro de Radio France (Joël Suhubiette) dio a Jaroussky las réplicas prescritas, añadiendo dolor al dolor del esposo en el mundo de los vivos y también esperanza en el de los muertos. Sirvió con gran fortuna de amplificador de los sentimientos del desconsolado viudo, dando así a entender el estado de desconsuelo de Orfeo por la pérdida de Euridice. La orquesta I Barocchisti, dirigida por el veterano Diego Fasolis, fue el zócalo modesto y eficaz, indispensable, en el que se apoyaron solistas y coro con gran confianza.  * Jaume ESTAPÀ