CRÍTICAS

Auditorio
Gala de zarzuela
Obras de Giménez, Soutullo y Vert, Serrano, Fernández Caballero, Granados, Guerrero, Sorozábal, Falla, Moreno Torroba, Luna, Penella y Arrieta. Plácido Domingo, Ana María Martínez, Airam Hernández. Dirección: Ramón Tebar. 22 de mayo de 2018.
 
Después de largos años volvía Plácido Domingo a Zaragoza, la tierra de sus ancestros, y su tardanza ha sido hasta cierto punto normal, ya que la ciudad del Ebro carece de un teatro digno para representar zarzuela –ni mucho menos ópera– y no se recuerdan temporadas líricas desde tiempos inmemoriales. La longevidad canora del músico madrileño –solo Lauri-Volpi se le puede asemejar– es asombrosa y personifica una síntesis entre fuerza artística y aptitud física. En todas sus intervenciones se volvió a apreciar esa mezcla de disciplina y pasión que siempre le ha definido como artista, y lo mismo en romanzas que en dúos, en los que supo dar el matiz emocional preciso a cada frase, a cada situación y a cada pasaje. Con su voz de sonoridades propias de un tenor lírico, con graves cada vez más sólidos y cómodo en el registro de barítono y con indudable elevación melódica, exaltó la romanza de Los gavilanes de Guerrero, imprimiendo un especial sentimentalismo en el dúo y romanza de Luisa Fernanda de Moreno Torroba. No podía faltar su romanza más internacional, el “No puede ser” de La tabernera del puerto de Sorozábal.
El momento cumbre de la velada, sin embargo, fue en uno de sus generosos bises, la romanza de Los de Aragón de Serrano; utilizando el escenario para transmitir su virtud de actor, iba desgranando las notas con la convicción de poder y emoción que él mismo experimentaba, recordando sus raíces aragonesas, y las fue transmitiendo al público, convirtiéndose el Auditorio en un templo de éxtasis.
También actuaron Ana María Martínez y Airam Hernández. La soprano puertorriqueña, con graves y vibrato algo oscuro, acreditó una voz consistente, destacando sobre todo en el lamento de María la O de Lecuona. El tenor canario posee un instrumento de timbre agradable pero corto en las notas agudas. En el dúo de Marina de Arrieta, en el que generosamente Domingo se ofreció a hacer el rol de Roque, no intentó siquiera el Si natural final. En el apartado de bises, sorpresivamente, interpretó solamente una parte de la romanza de costumbres aragonesas La Dolorosa de Serrano y Lorente, obviando la parte que entraña más dificultad.
La Simfònica del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, bajo la dirección de Ramón Tebar, enalteció al público en creaciones de intermedios y preludios de zarzuelas, con el maestro muy pendiente de los cantantes para lograr una simbiosis perfecta de comunión musical.
En definitiva una velada con tintes memorables, pero lo cierto es que después de esta excelencia lírica, a Zaragoza volverá la nada más triste.  * Miguel Á. SANTOLARIA