CRÍTICAS

Festival de Glyndebourne
Richard Strauss DER ROSENKAVALIER
Kate Lindsey, Rachel Willis-Sorensen, Brindley Sherratt, Gabriele Rossmanith, Elizabeth Sutphen, Michael Kraus, Alasdair Elliott, Martin Snell. Dirección: Robin Ticciati. Dirección de escena: Sarah Fahie. 20 de mayo de 2018.
 
El caballero de la rosa, en el montaje de Robin Ticciati ofrecido en la edición de este año del Festival de Glyndebourne © Festival de Glyndebourne / Robert Workman
 
La producción original de Richard Jones de este Caballero de la rosa no se tomaba en serio esta compleja obra en su estreno en 2014, y esta reposición de Sarah Fahie tampoco lo hace, limitada por una escenografía que mezcla caricatura con una arquitectura que rememora a Albert Speer. No hay profundidad psicológica pero si una coreografía que resulta muy divertida; pero se extraña la melancolía inherente a la obra. Es que Jones la ve, como dice la Mariscala, como “eine Farce und weiter nichts” (“una farsa y nada más”). Se han visto montajes mucho más audaces que este, pero nada tanto como la desnudez de la Mariscala, vista hace cuatro años; extrañó que esta Mariscala no usara esa provocativa escena que la liberaba sexualmente frente al público. No es algo para ser visto en cada producción pero en esta calzaba muy bien.
Rachel Willis-Sorensen cantó una buena Mariscala en la Royal Opera House, pero aquí se encontró con voz demasiado dura, cantando de mezzo forte a forte en un rol y en un teatro que necesita intimidad más que volumen. Kate Lindsey dio relieve y buena figura a Octavian, cantando con voz atractiva, y Elizabeth Sutphen presentó una frágil pero valiente Sophie de voz etérea que se entrelazó perfectamente con la de Lindsey. Hay mucha formas de cantar a Ochs y Brindley Sherratt presentó una seria variación: su encarnación resulta mucho menos vienesa que de costumbre, pero era el único de los cuatro principales a quien se le entendían las palabras. Este noble era un reo menor, nada peligroso, y de voz e inflexiones notables.
Michale Kraus repetía su fastidioso Faninal, con una voz importante y dicción magistral. Fue reconfortante encontrarse con una Marianne Leitmetzerin como Gabriele Rossmanith, un lujo vocal y dramático. El par de intrigantes fue otra caricatura muy divertida: Valzacchi como un pequeño conspirador y Annina como una actriz muy versátil. Tanto Alun Rhys-Jenkins como Stephanie Lauricella descollaron vocalmente en esos personajes.
La dirección de Robin Ticciati, aunque ágil y de buen sonido en general, pareció menos fluida que en su anterior lectura. Habían demasiados ángulos sufriendo de cierto grado de nerviosismo. Quizá, al igual que con Butterfly el día anterior, estas cosas se asienten con el correr de las funciones.  * Eduardo BENARROCH