CRÍTICAS

Teatro de La Maestranza
Cilea  ADRIANA LECOUVREUR
Ainhoa Arteta, Teodor Ilincai, David Lagares, Ksenia Dudnikova, Luis Cansino, Josep Fadó. Dirección: Pedro Halffter. Dirección de escena: Lorenzo Mariani. 21 de mayo de 2018.
 
Ainhoa Arteta y Teodor Ilincai, protagonistas de Adriana Lecouvreur en el Maestranza © Teatro de La Maestranza / Guillermo Mendo 
Que Adriana Lecouvreur esté ahí, como en una segunda fila, mientras otros títulos se repiten hasta la saciedad dentro del repertorio lírico solo obedece al tirón que tienen, por sí solos, algunos de los sacrosantos nombres de compositores de ópera. Es de aplaudir en este sentido la programación de esta obra por parte del Maestranza. Si Pedro Halffter ha venido demostrando en Sevilla reiteradamente ser uno de los mejores traductores musicales del verismo y la plural ópera de la primera mitad del siglo XX, con Adriana no pudo por menos que redondear una versión en la que cuidó las voces sin descuidar el flujo orquestal, mostrando una paleta dinámica muy amplia y cargando las tintas dramáticas para otorgar más teatralidad. Fue de menos a más –excepcional el final del tercer acto–, acaso porque encontró a una Sinfónica de Sevilla a la que le costó despegar. Con todo, ofreció momentos de enorme sensibilidad, como los muchos pianissimi que recorren la partitura y que cuidó con detalle, encontrando acertada respuesta instrumental.
En las voces, a la postre, sería el papel bufón y no demasiado agradecido de Luis Cansino (Michonnet) el más redondo, con proyección natural, canto muy en estilo y una interpretación afectuosa. Cumplió el tenor Teodor Ilincai encarnando a Maurizio, si bien su voz acusó cierto engolamiento y tendencia a un excesivo y muy artificial vibrato. Llegó a pellizcar con “La dolcissima effigie”, pero es de esperar que vaya a más en sucesivas funciones. A su lado, Ainhoa Arteta parece haber domesticado el rol de Adriana, ya por una presencia escénica imponente, ya por el portentoso control de la proyección, el excelente centro natural de su voz y el hábil uso de los portamenti. Sus graves evidencian cada vez más pulso y su timbre permite reconocerla inmediatamente; aunque hubo exceso en su impostada afectación dramática. La Princesa de Bouillon, por el contrario, resultó una excelente actriz; la altivez y suficiencia de Ksenia Dudnikova provocaron una maliciosa simpatía en medio del dislate argumental; además cantó con potencia y sensualidad. David Lagares y Josep Fadó (Príncipe y Abate) resultaron una competente pareja de secundarios, poniendo ese contrapunto cuasi rossiniano en sus rápidos diálogos y comentarios. Sin sorpresas y con corrección el resto: Pablo López, Manuel de Diego, Nuria García-Arrés, Marifé Nogales e Ismael Escalante.
¿Y el teatro? Lo de casi siempre. Una producción con mucho de rancio, diluida dirección de actores y llena de tópicos escénicos que se ensañaban en contra de la propia ópera. Cierto que la oferta en un título como Adriana Lecouvreur no permite muchas opciones, pero viene a la cabeza, por ejemplo, la que Francesco Micheli presentó en 2014 en la Ópera de Niza, un –asequible– festín visual en comparación con la que se vio en Sevilla de Lorenzo Mariani* Ismael G. CABRAL