CRÍTICAS

Teatro de La Zarzuela
Schubert WINTERREISE
Matthias Goerne. Markus Hinterhäuser, piano. 30 de abril de 2018.
 
Después de La bella molinera y una semana antes de El canto del cisne, Matthias Goerne y Markus Hinterhäuser volvieron al Ciclo de Lied del Teatro de La Zarzuela para ofrecer el Viaje de invierno, que es como la puesta en escena de los abismos del alma romántica después de cantar la esencia misma del amor y antes de la recopilación del arte del Lied. Se conoce cómo Goerne ha ido avanzando en la comprensión del Winterreise por sus diversas grabaciones y por haberlo cantado en este mismo Teatro, y este mismo ciclo. La voz se ha ido haciendo más densa y concentrada, también más oscura, y la expresión ha ganado gravedad y contraste. Se notó desde el primer momento, con un “Buenas noches” (“Gute Nacht”) en el que la atención muy precisa al poder de la palabra está engarzada en un continuo expresivo pendiente, eso sí, del menor cambio de matices, desde la evocación llena de colores del principio a la ruptura posterior que anuncia la desolación en la que encuentran todos, el joven enamorado y el público con él.
Con “La veleta” (“Die Wetterfahne”) se entra en un mundo de contradicciones dramáticas –lo que queda del teatro–, y Goerne, con un Hinterhäuser inspiradísimo, llevó de la reflexión introspectiva a la explosión final de celos y despecho. Pero no es solo eso lo que evoca Winterreise, y Goerne dirigió pronto al espectador, con “Lágrimas heladas” (“Gefror’ne Tränen”), a otro contraste, esta vez entre el paisaje helado y blanco en el que el público se va adentrando y lo que sobrevive, que todavía es mucho, de las emociones amorosas. Es extraordinario cómo la voz de Goerne se adelgaza y luego recobra una plenitud especial, como si estuviera rota por dentro, a punto de convertirse en un sollozo sin perder ni quebrar nunca la línea de canto.
El desgarrador “Der Lindenbaum” devolvió a los asistentes por un momento a universos anteriores, hasta que el lirismo descubrió –sin decaer: el piano tiene mucho que decir aquí y lo dijo– el fondo desolador de un viaje que lo es ya, sin la menor duda, hacia la muerte. Así es como el canto de Goerne, de forma paradójica y asombrosa, fue abriendo aún más el rango expresivo a medida que se acerca al momento ineluctable: el tedio –sin pesadez– en “El mojón” (“Der Wegweiser”) y de nuevo las oscilaciones extremas en “Descanso” (“Rast”). La inspiración amorosa recobrada en “El correo” (“Die Post”), con ese “¡Corazón mío!” (“Mein Herz!”) en perpetua variación, deja paso a la desolación, hasta la aceptación final de “El zanfonista” (“Der Leiermann”), cantada como de una sola vez, con la voz ajena ya a cualquier emoción, pero habiendo interiorizado la estructura estrófica y misteriosamente pausada que conduce por sus pasos contados al umbral de lo indecible.
El Winterreise de Goerne e Hinterhäuser, plenamente romántico y a veces expresionista, resulta así, también, radicalmente moderno. Los sentimientos y las emociones fueron abrasados delante del público en una hoguera espléndida, y de todo aquello queda un rastro de cenizas, blanco y gris, como si el protagonista hubiera aterrizado en nuestro post-mundo.  * José María MARCO