Théâtre de La Monnaie
Wagner LOHENGRIN
Eric Cutler, Ingela Brimberg, Andrew Foster-Williams, Elena Pankratova, Werner van Mechelen, Zeno Popescu, Bertrand Duby. Dirección: Alain Altinoglu. Dirección de escena: Olivier Py. 29 de abril de 2018.
 
Eric Cutler (Lohengrin) e Ingela Brimberg (Elsa von Brabant) protagonizaron la obra de Wagner en Bruselas © Théâtre de La Monnaie / Baus
 
No es habitual que un director de escena salga en cada función a introducir lo que el espectador va a presenciar. Olivier Py lo hizo en esta producción para subrayar lo que ya explica en el programa, como si temiera no ser comprendido. No es de extrañar. Plantea este Lohengrin como una búsqueda en las cenizas de la historia, tratando de explicarse de dónde vino todo aquello que nos condujo a Auschwitz, y si en verdad el romanticismo alemán incubó el nacional-socialismo del siglo posterior. Habría para él cuatro razones, todas relacionadas con la sempiterna historia del antisemitismo de Wagner, el que se erigiera como símbolo de la cultura germana, cuya música y mitos fueron objeto de “recuperación por los nazis”, y que encuentra en Lohengrin un mensaje “mesiánico” de una Alemania unificada. “Más que una ópera nacionalista, es una ópera sobre el nacionalismo”, dijo Py antes de que subiera el telón.
El espacio escénico estaba ocupado por las ruinas de un teatro bombardeado, aún humeante, que gira en el tiempo y trae hasta el espectador unas figuras fantasmagóricas, que ocupan los palcos y siguen con atención a unos actores que se mueven sobre un escenario que recuerda a un cadalso. Es la “pesadilla premonitoria” de la que habla Py en el programa, tratando de llevar al público al “año cero” de Alemania, la noche trágica de sus orígenes. Qué lástima que no recordara la desasosegante película del mismo título que Roberto Rossellini rodó en Berlín y estrenó en 1948. Entre los fantasmas de ese teatro está el de Gottfried, el hermano desaparecido de Elsa, un niño que podría haber tenido algo que ver con Edmund, el protagonista de la película. El vestuario de esas presencias remitía a una época, la de las revoluciones liberales de 1848, y estaba resuelto en blancos y negros, como el duelo entre Elsa y Ortrud, cristianismo mesiánico frente a un oscuro paganismo político, y las fichas de ajedrez que resuelven el famoso combate entre Lohengrin y Telramund.
La propuesta seduce, pero resulta superficial y de trazo grueso colgarle a Lohengrin toda esa carga simbólica, más aun cuando ya se sabe que Wagner era una obsesión de Hitler, pero estaba lejos de que gustara a todo el partido nazi, incluido Goebbels, que lo odiaba sin remedio. No es de extrañar: a fin de cuentas Lohengrin es un extranjero, que además pide ser amado sin que se conozca su ascendencia ni linaje… Es más un mito humanista, como reflejó Klimt en el friso de Beethoven que pintó en el edificio de la Sezession vienesa.
Un personaje que bien podía inspirarse en un director de orquesta como Alain Antinoglu, que condujo soberbiamente a coro y orquesta, en especial en un rutilante segundo acto, en el que destacó la voz imperial de Elena Pankratova como Ortrud, emparentada estéticamente con la Kundry que canta tan bien en Bayreuth. Ingela Brimberg fue una Elsa briosa y apasionada, que también recordó a su Senta. A Eric Cutler le faltó vuelo y volumen como Lohengrin, pero sin embargo fue de menos a más e hizo un racconto más que correcto. Andrew Foster-Williams y Gabor Bretz cantaron a gran nivel, especialmente el primero en su dúo con Ortrud.  * Felipe SANTOS