CRÍTICAS

Opéra de Monte-Carlo
Verdi I MASNADIERI
Alexeï Tikhomirov, Ramón Vargas, Nicola Alaimo, Roberta Mantegna, Reinaldo Macias, Christophe Berry, Mikhaïl Timochenko. Dirección: Daniele Callegari. Dirección de escena: Leo Muscato. 19 de abril de 2018.
 
Leo Muscato se encargó de la dirección de escena de I masnadieri en Mónaco © Opéra de Monte-Carlo / Alain Hanel
 
I masnadieri es una obra poco conocida de Verdi que se estrenó en 1841: el autor no tenía aun treinta años. Está basada en la pieza teatral homónima de Friedrich von Schiller y contiene, si no todos, al menos muchos de los ingredientes necesarios para la confección de una pieza de estilo romántico: violencia, sexo, casualidad, sorpresa, familia… Aunque se pueda calificar de “ópera de juventud”, contiene su partitura sonoridades, colores y líneas melódicas que se integrarán luego en las obras mayores y más conocidas del compositor.
Daniele Callegari, con gran conocimiento de la partitura y también de las posibilidades e inconvenientes de la Sala Garnier, dio una lectura vivaz, lírica y muy melódica. Acompañó con brío los coros, heroicos, y no obligó a los cantantes a forzar desmesuradamente el volumen para llegar al público. Mezcló con acierto cuerdas, maderas y metales en un haz sonoro muy particular que brindó carácter a la velada.
Leo Muscato propuso una puesta en escena ciertamente estilizada, de fácil lectura, con el vestuario de Silvia Aymonino y una escenografía de Federica Parolini cuyos elementos –candelabros, hoces y guadañas–definían ambientes nobles o plebeyos. Muy presente, la iluminación a cargo de Alessandro Verazzi subrayó con tino los lugares o los personajes que importaban en cada momento para la continuidad de la acción.
Nicola Alaimo (Francesco) fue esta vez el malo de la película; ocupó el escenario con su robusta presencia física. Vocalmente perfecto, mantuvo en vilo al público con sus negras ideas traducidas a la perfección en líneas vocales inmejorables, contundentes. Completó el registro grave la presencia de Alaxeï Tikhomirov (Massimiliano), majestuoso, imperial. Ambos artistas ancoraron el drama en la noche monegasca.
Hubo, en cambio, altos y también algún bajo en los registros agudos. Ramón Vargas (Carlo) olvidó por momentos ligar sus frases; cantó línea a línea. Su voz dispuso de un bello timbre y la justeza de las notas estuvo siempre bien presente; a pesar de ello, al no ligar las frases, desaparecía por completo la melodía. Por su parte, Roberta Mantegna (Amalia) interpretó a la perfección cabalette de lujo y, curiosamente, se la vio perdida en pasajes de transición de mayor –al menos, aparente– simplicidad. Emitió con timbre cristalino y, en todo momento, sabía lo que estaba diciendo y lo que allí se tramaba: asumió y dio cuenta del incongruente personaje.
Capítulo aparte mereció el coro. Bien preparado por Stefano Visconti, lírico o heroico las más de las veces, estuvo siempre equilibrado y apareció como un personaje más de la enrevesada historia.  * Jaume ESTAPÀ