Teatro Real
Mendelssohn ELÍAS
Matthias Goerne, Sophie Karthäuser, Sebastian Kohlhepp, Marianne Beate Kielland. Dirección: Pablo Heras-Casado. 8 de abril de 2018.
 
Intérpretes de Elías en Madrid © Teatro Real / Javier del Real
 
Pocos escenarios son tan adecuados para este Elías como un teatro de ópera como el Real. Ya al componerlo a mediados del siglo XIX, Mendelssohn tuvo buen cuidado de enfatizar, frente a la narración y la oración propias del género cien años antes, los aspectos más dramáticos. Por eso dio prioridad a escenas casi operísticas, como el enfrentamiento entre la viuda y el profeta, la competición sacrificial, por así decirlo, entre los profetas de Baal y el del único Dios verdadero, la epifanía en forma de brisa suave después de las tormentas y los terremotos, y la llegada de la lluvia a la Tierra Santa. Es una obra llena de movimiento y tensiones internas, y por tanto una prueba de fuego –nunca mejor dicho– para calibrar la vigencia de una idea y una estética que hoy, a veces, se antojan victorianas, entre lo almibarado y lo retórico. Pues bien, Elías salió reforzado de la prueba.
Dejó sin habla, y sin apenas movimiento hasta la ovación final, a un público conmocionado ante una obra y una interpretación que, dentro de la contención y la austeridad propias de un conjunto de orden historicista como es la Freiburger Barockorchester –esta vez a las órdenes precisas y matizadas de Pablo Heras-Casado–, enfatizó los contrastes, dentro siempre de la nobleza y la grandiosidad propias del talante, tan generoso y limpio, del compositor. Bastó escuchar a las cuerdas en la introducción-obertura para darse cuenta del calibre de lo que venía y para pensar que a veces el historicismo le viene mejor a la música romántica que a la barroca o a la clásica. Luego vendrían momentos memorables, en los que, con una orquesta en estado de gracia, se lució un coro que se enfrenta a una obra exigente como pocas, con ataques sin fallos, empastes perfectos, equilibrios y, sobre todo, lirismo y expresividad extraordinaria. Es raro ver al coro convertido en un protagonista individual, desde la aparatosidad de las intervenciones finales a la introspección virginal del célebre “Hebe deine Augen”, pasando por otros momentos que son también reflexiones sobre la materia misma del género oratorio.
Heras-Casado no olvidó, por otro lado, su papel como acompañante de las voces solistas, empezando con el Elías de Matthias Goerne, un hombre torturado, más próximo a la visión interior, a la pregunta y a la expectativa, que a la afirmación grandilocuente. La voz, a veces no del todo fluida –en particular en la tremenda “Ist nicht des Herrn Wort”– pero maravillosamente matizada y de una belleza muy humana, contribuyó a este gran retrato. La soprano Sophie Karthäuser lució un instrumento claro, transparente, dúctil, en particular en su gran aria del principio de la segunda parte y en el diálogo con el profeta, mientras la contralto Marianne Beate Kielland impuso su autoridad y la belleza de su timbre. Estupendo el tenor Sebastian Kohlhepp, con una voz clara pero rotunda y bien colocada.  * José María MARCO