CRÍTICAS

Opernhaus
Mozart IDOMENEO, RE DI CRETA
Joseph Kaiser, Anna Stéphany, Hanna-Elisabeth Müller, Guanqun Yu, Airam Hernández, Ildo Song, Anna Soranno, Martha Villegas, Tae-Jin Park, Mamuka Tepnadze. Dirección: Giovanni Antonini. Dirección de escena: Jetske Mijnssen. 4 de febrero de 2018.
 
Jetske Mijnssen montó Idomeneo en Zúrich © Opernhaus Zurich / Monika Rittershaus
 
De desconcertante se puede calificar la nueva producción de Idomeneo que subió al escenario de Zúrich. La dirección de escena de la holandesa Jetske Mijnssen intentó sin éxito aportar una nueva lectura a la magnífica partitura mozartiana, a través de un indigestible batiburrillo de ideas peregrinas que, en lugar de facilitar su teatralidad, lo que conducían era a la confusión y al desconcierto. Cortes inexplicables, con la complicidad de la dirección musical de Giovanni Antonini, o la fusión del personaje de Arbace con el del Gran Sacerdote, que hasta aplicaron al libreto. Y, ¿para qué? Quiso llevar al respetable a la psique de Idomeneo y Elettra, los únicos personajes con los que se pudo entender un trabajo de trasfondo, pero sin aportar absolutamente nada. Los experimentos escénicos pueden ser bienvenidos, siempre y cuando aporten una nueva y refrescante aproximación a la obra y no afecten a la partitura, más cuando se trata de un Mozart de absolutas mayúsculas.
La dirección musical de Antonini fue de menos a más. En los dos primeros actos se concentró en mantener unos tempi apresurados, cosa que con este Mozart puede ser gratificante, si no fuera que por ello sacrificó la base del fraseo y el juego de dinámicas que tan genialmente imprimió el de Salzburgo. Una lectura básicamente plana y excesivamente sonora y con graves problemas de desajustes y afinación. Sin embargo, en el tercer acto pareció que el maestro italiano se centrara y regaló páginas realmente emotivas e hizo brillar especialmente los momentos corales.
Vocalmente resultó también del todo desconcertante. Un elenco que sobre papel parecía muy sólido pero que no sonaba a Mozart, en ningún caso, salvo la excepción del Arbace del tenor tinerfeño Airam Hernández, quien demostró un control absoluto del fraseo y de la coloratura, que atacó en un maravilloso pianísimo en su primera aria. Su prestación quedó lamentablemente acortada y no se pudo disfrutar de su segunda aria, por cierto, bellísima página, pero sí intervino como Gran Sacerdote-Arbace en la magnífica escena con el coro. Anna Stéphany fue una muy competente Idamente, y estuvo especialmente lucida en “Non ho colpa, e mi condanni” y en el dúo “S'io non moro a questi accenti” con Ilia, interpretada por Hanna-Elisabeth Müller. La soprano alemana empezó algo irregular, engolada y forzada, pero a medida que avanzaba la noche, su prestación fue a más y, además del efectivo dúo, ofreció una muy sentida página en “Zeffiretti lusinghieri”.
La Elettra de la soprano china Guanqun Yu fue algo desigual, con agudos calados –alguno al borde del grito– y una coloratura poco efectiva, sin esas escalas descendientes en picado de “D'Oreste, d'Ajace ho in seno i tormenti” . Pero, a pesar de un canto de cierta belleza, eso no era, no sonaba a Mozart. La peor parte se la llevaría Joseph Kaiser. El cantante canadiense se hizo célebre hace más de una década por un Tamino dirigido por Keneth Branagh, pero mucho ha llovido desde entonces. El instrumento, de base, es muy bonito, pero posee unas deficiencias técnicas muy notorias, con proyección engolada, nada brillante, que le hacen afear una materia prima inicialmente buena. Su coloratura no es que sea aproximada, es que no existe, con serias deficiencias en “Fuor del Mar”. Pero no se trata solo de la coloratura y de los momentos más comprometidos, Kaiser falla en el fraseo, en la intencionalidad y en la musicalidad, hasta en su página final “Torna la pace”, en la que se esperaba que pudiera haber reconducido su prestación.  * Albert GARRIGA