CRÍTICAS

Teatro de La Zarzuela
Schubert LA BELLA MOLINERA
Matthias Goerne. Markus Hinterhäuser, piano. 26 de febrero de 2018.
 
La bella molinera es una de esas obras maestras del Lied que requieren una comprensión perfecta del núcleo expresivo, de aquello que Schubert quiere decir, pero que, una vez dominado este, permiten aproximaciones muy variadas, desde la ingenuidad lírica total hasta un distanciamiento irónico, expresionista en ocasiones y en otras postmoderno. Junto con Markus Hinterhäuser al piano, el barítono Matthias Goerne, que conoce este ciclo de canciones como pocos hoy en día por haberlo cantado y grabado en múltiples ocasiones, demostró cómo un artista puede alcanzar el núcleo primero, la más despojada emoción lírica, incorporando al tiempo el recuerdo, más que la expresión, de algunos de los múltiples puntos de vista desde los que se puede abordar una obra de la que hay que respetar el carácter narrativo y, al mismo tiempo, la autonomía de cada una de las canciones o escenas.
 
El principio, a cargo del piano, abrió el ciclo con la evocación de la corriente del arroyo, y con un Goerne lleno de empuje y frescura juvenil: se acaba de abrir el ciclo de la vida, y aunque desde el primer acorde se conozca la tragedia final, la luminosidad y la fluidez de la voz, el legato perfecto y la inmaculada línea de canto proyectaron al oyente a un futuro que, por el momento, solo puede ser dichoso: al llegar a “Ei, Bächlein, liebes Bächlein”, que contiene al mismo tiempo la insinuación de la máxima alegría y la del sollozo, como si la felicidad quedara excluida de este mundo, todo había quedado dicho. A partir de la cuarta canción (“Danksagung”, “Agradecimiento”) y hasta la undécima (“Mein!”, “¡Mía!”), Goerne fue desbrozando la sección más difícil del ciclo, aquella que habla directamente al corazón de la esperanza de la felicidad, de su cercanía y de la explosión de alegría que termina en ese bramido con que culmina la posesión. Resultó extraordinario escuchar cómo la voz se iba ensanchando, se hacía más y más densa y oscura, e iba adquiriendo una proyección y una dimensión casi operística sin perder en ningún momento, con la  íntima colaboración de un piano muy rico en expresividad, el fondo melancólico que hace tan desgarrador todo el conjunto.
 
Vienen luego, como se sabe, los celos del cazador y la vuelta al diálogo con las flores, la rebelión contra el destino y su aceptación final en “Trockne Blumen” (“Flores secas”) y “Der Müller und der Bach” (“El molinero y el arroyo”), recapitulación de todo lo vivido hasta aquí por el muchacho, en el que la voz de Goerne vuelve a los pianos, a los filados, a la más extrema delicadeza, pero con una nueva expresividad, distanciada, con un color lívido, que anuncia ya el mundo de ultratumba. La vida sin amor, efectivamente, no vale la pena ser vivida y “Des Baches Wiegenlied” (“La canción de cuna del arroyo”) deja atrás la emocionalidad romántica para adentrarse en un universo incorpóreo, luminosidad casi pura expresada –a pesar de todo– con una voz que parece resumir en su materialidad despojada, después de la apabullante lección de canto, muchos de los anhelos y los deseos del ser humano. Magistrales Goerne e Hinterhäuser, en un recital difícil de olvidar.  * José María MARCO