Gran Teatre del Liceu
Donizetti L’ELISIR D’AMORE
Jessica Pratt, Pavol Breslik, Paolo Bordogna, Roberto de Candia, Mercedes Gancedo. Dirección: Ramón Tebar. Director de escena: Mario Gas. 7 de enero de 2017.
 
Jessica Pratt cautivó con su primera Adina de L’elisir d’amore en Barcelona © Gran Teatre del Liceu / Antoni Bofill 
 
La veterana producción de L’elisir d’amore del Gran Teatre del Liceu, con dirección escénica de Mario Gas, es todo un clásico en Barcelona, ya que se ha presentado anteriormente en tres ocasiones en la temporada del Liceu: después de su estreno en el Festival Grec en la década de los 80 y de su recuperación en el Festival Castell de Peralada (1993), aterrizó por primera vez en el curso liceísta en 1998, cuando el coliseo, entonces en reconstrucción, ofrecía sus temporadas en el Teatre Victòria de la Av. del Paral·lel. El montaje se repuso en dos ocasiones en el nuevo Liceu y ahora regresa con su edificio de vecinos en una barriada italiana en plena época fascista; su éxito se basa principalmente en la capacidad del regista para ofrecer una propuesta llena de ricos recursos teatrales y de detalles geniales. En esta ocasión, además de hacer que algunos protagonistas interactuaran con los espectadores en la platea, hubo algunas novedades a modo de gags, como la aparición del director musical y del escénico entre los invitados a la fiesta de la boda de Adina, al inicio del segundo acto: el maestro, eso sí, tuvo que correr y saltar al foso desde el escenario cuando la Simfònica del Liceu comenzaba a tocar sin su presencia. La producción, con escenografía de Marcelo Grande y una cuidada iluminación de Quico Gutiérrez, hizo las delicias del público de esta función de estreno.
Del reparto merece la pena destacar especialmente el debut en el personaje de Adina de la soprano Jessica Pratt; la intérprete australiana triunfa en todo el mundo con su repertorio de bel canto romántico y en Barcelona, donde ya se había presentado en el Otello rossiniano –en versión de concierto– dibujó un personaje muy especial, destacando su excelente línea de canto y una interpretación actoral muy cuidada y divertida, además de un fraseo y un registro pletórico con sobreagudos de ensueño que le permitió añadir coloraturas y variaciones de gran lucimiento que fueron muy apreciadas por el público. El tenor Pavol Breslik ofreció ese canto noble y de muy buena línea que tanto éxito le ha proporcionado en el repertorio mozartiano y en el Donizetti más serio; como Nemorino quedó un tanto corto de expresividad: su personaje estuvo bien caracterizado pero le faltó personalidad, todo demasiado plano a pesar de que mejoró en el segundo acto, especialmente en su exquisita interpretación de la popular aria “Una furtiva lagrima”, que fue muy aplaudida.
El barítono Paolo Bordogna demostró su excelencia actoral obteniendo desde su aparición en escena el favor del público, al que conquistó con su galantería y sus numerosos detalles interpretativos. Además mostró una voz interesante, de excelente dicción y elegante timbre, pero que no acabó de manejar con la suficiente homogeneidad a lo ancho de todo el registro. Roberto de Candia fue otro de los puntales interpretativos de la velada, ofreciendo un Dulcamara de libro, con una dicción extraordinaria del canto silabato y una muy importante vis cómica. Interesante, a su vez, la labor de Mercedes Gancedo como Gianetta.
Excelente la labor del Coro del Liceu y muy interesante y detallista la dirección musical del valenciano Ramón Tebar, que debutaba en el coliseo barcelonés dirigiendo una ópera y que lo hizo con entusiasmo y destacando toda la riqueza de esta excelente partitura donizettiana.  * Fernando SANS RIVIÈRE