Opéra National de Paris
Händel JEPHTHA
Ian Bostridge, Marie-Nicole Lemieux, Katherine Watson, Tim Mead, Philippe Sly, Valer Sabadus. Dirección: William Christie. Dirección de escena: Claus Guth. 30 de enero de 2018.
 
Ian Bostridge dio vida a Jephtha y Katherine Watson a su hija Iphis en París © Opéra National de Paris / Monika Rittershaus
 
Jephtha (1752) es el último oratorio de Händel. La obra, poco conocida y menos representada,  contiene arias de gran belleza, si bien ninguna de ellas se podía recordar fácilmente a la salida del teatro. El canto de los solistas fue más bien tenso, con pocos adornos, lo cual podría indicar un principio de transformación en el estilo del autor y aun en el de la época. La historia, extraída del Antiguo Testamento, recordó la promesa hecha a Dios por Jephtha –general del ejército israelita– de sacrificar a la primera persona encontrada tras la batalla en caso de victoria. Esta persona fue su propia hija. Por fortuna, el compositor se sacó de la manga un ángel que salvó in extremis a la joven del desatino de su padre. Según Claus Guth, en un retruécano, la pobre enloqueció al final de la historia; no era para menos. A pesar de la forma de oratorio decidida por el compositor, la acción fue suficiente para justificar la puesta en escena de una ópera clásica.
El director de escena puso de relieve la frase inicial de la obra –“It must be so” (“Debe ser así”)–, resumen de la voluntad firme de Zebul, rey de los israelitas, para acabar con la dominación que los amonitas ejercían sobre su pueblo. Sobresalió la escalofriante preparación protocolaria de la ejecución de Iphis. La escenografía (Katrin Lea Tang), un fondo montañoso, negro, con algunos efectos de vídeo (Arian Andiel) muy eficaces, confió al vestuario, también de Tang, la definición de los personajes por el color de las indumentarias: los jóvenes enamorados (Iphis y Hamor) vistieron de blanco; Jephtha, de gris, y todos los demás, incluyendo el coro, de negro. El rojo-sangre hizo también su aparición en el escenario en contados momentos. Un conjunto coherente y afín con el ambiente de la historia.
Reinó en el pupitre William Christie por su arte, ciencia y carisma al frente de los Arts Florissants. El director musical toleró al de escena alguna morcilla sonora a base de ruidos metálicos, roncos y voluntariamente nada agradables para asegurar las transiciones. Si la orquesta respondió como era de esperar –vale decir magníficamente–, vino la sorpresa de la perfecta coordinación –vocal y dramática– del coro, imperial y majestuoso, omnipresente a lo largo de la velada.
En el escenario cada artista irradió su parte de la tragedia, con acentos de gran perfección formal. Ian Bostridge –Jephtha victorioso y destrozado al cabo– no pudo contener su emoción al ver que tenía que sacrificar a su hija de su propia mano. Marie-Nicole Lemieux (Storgé, su mujer) emocionó por ser la madre de la víctima. Katherine Watson (Iphis), de voz cristalina, modulable, suave, expresiva, soportó con gran dignidad la inicua decisión de su padre, mientras que Tim Mead (Hamor), sin duda la mejor voz en el escenario, transmitió el dolor causado por la inminente pérdida de la amada. Philippe Sly (Zebul) sufrió doblemente por la dolorosa situación, en tanto que rey y también como tío de la sacrificada. La intervención final de Valer Sabadus (el ángel salvador) fue de gran dulzura –¡finalmente!– y de gran belleza también.  * Jaume ESTAPÀ