Puccini MADAMA BUTTERFLY
Svetlana Aksenova, Judith Schmid, Natalia Tanasii, Saimir Pirgu, Brian Mulligan, Martin Zysset, Huw Montague Rendall, Ildo Song, Stanislav Vorobyov, Lisa Lorenz, Jung-Jun-Kim, Kataryna Rzymsa, Uwe Kosser. Dirección: Daniele Rustioni. Dirección de escena: Ted Huffman. 20 de diciembre de 2017.
 
Saimir Pirgu y Svetlana Aksenova, protagonistas de Madama Butterfly en Zúrich © Opernhaus Zurich / T+T Fotografie - Toni Suter
 
Saimir Pirgu no podía debutar mejor el rol de Pinkerton en Zúrich: el tenor albanés está en un momento muy dulce de su carrera, con una importante presencia internacional que le lleva a aparecer en el cartellone de los teatros más importantes del globo y con papeles de cierto peso y compromiso. A Zúrich ha traído a su Pinkerton, desagradable personaje que gracias a la dirección de escena y la entrega del cantante se hizo algo menos despreciable y hasta consiguió que el público empatizara con la particular situación del oficial de la marina estadounidense. Pirgu no escatimó recursos para ofrecer, gracias a su cálido instrumento, un maravilloso sentido musical y un elegante fraseo y dicción, una memorable página en “Addio Fiorito sil”. Debería vigilar esa pequeña tendencia a abrir demasiado las vocales para que ello no reste elegancia a su canto de natural belleza.
A su lado, la soprano rusa Svetlana Aksenova fue una Butterfly que no llegó a triunfar; al inicio sorprendió por un instrumento algo singular, un registro central de cierta belleza y un registro grave de peso y voluptuosidad. Pero a la Butterfly de Aksenova le faltó intencionalidad, le faltó verdad, además de poseer serios problemas en la dicción y tiranteces imposibles en el registro agudo. Su “Un bel di vedremo” pasó simplemente sin más, sin ápice de emoción, sin esa melancolía que conmueve y arrebata. Pero la cosa fue a peor en la gran escena “Che tua madre devrá prenderti in braccio” o la culminante “Tu, piccolo iddio”. Sin embargo, Aksenova ofreció una buena página en “Viene la sera”, quizás inspirada por el Pinkerton de Pirgu, aquí más cariñoso que seductor.
Un total acierto resultó ser la Suzuki de Judith Schmid, con una voz de homogénea belleza, proyección y entrega. Al mismo nivel se situaría el magnífico Sharpless de Brian Mulligan.
Muy bien el resto de comprimarios, en especial Martin Zysset (Goro) y la jovencísima soprano Natalia Tanasii (Kate Pinkerton), a quien debería seguirse de cerca.
La orquesta estuvo también a un nivel estratosférico bajo la batuta del italiano Daniele Rustioni. En Zúrich, ya se sabe, las limitadas dimensiones del teatro y las de su amplio foso hacen difícil que hasta la más experimentada batuta controle los decibelios, pero el maestro, con una dirección muy a la italiana, supo mantener la delicadeza y la intensidad cuando se requería y así apoyar el brillo de los cantantes. Un verdadero regalo.
La puesta en escena del norteamericano Ted Huffman jugaba con elementos muy sencillos, buscando el menos es más con la omnipresencia del blanco, quizás para remarcar la pureza de Butterfly, junto a un colorido y rico vestuario de Annemarie Woods. Huffman concibe al personaje protagonista con una evolución hacía la perturbación más que a la resignación y a la muerte con honor. La desesperación de Butterfly la lleva a intentar matar a su hijo y a Pinkerton; ante la imposibilidad de llevarlo a cabo se desmaya en los brazos de su amado, sin morir, rompiendo, quizás, la catarsis dramática del final pensado por Puccini.  * Albert GARRIGA