Teatro Real
Puccini LA BOHÈME
Stephen Costello, Anita Hartig, Joyce El-Khoury, Joan Martín-Royo, José Manuel Zapata, Etienne Dupuis, Mika Kares. Dirección: Paolo Carignani. Dirección de escena: Richard Jones. 11 de diciembre de 2017.
 
Stephen Costello y Anita Hartig cantaron las partes de Rodolfo y Mimì de La bohème en Madrid © Teatro Real /  
Volvió La Bohème al Real en una nueva puesta en escena tras la espléndida de Giancarlo del Monaco. Lo mejor estuvo en la parte musical. Anita Hartig estuvo espléndida en una especialmente vulnerable Mimì: voz limpia, luminosa, clara, perfectamente inocente, apenas un poco abierta arriba, y con el sentimentalismo justo, apoyadas las emociones en la pureza del canto. Hartig, de hecho, pareció echar una mano al tenor norteamericano Stephen Costello, un poco ligero para el título, con alguna falta de expresividad y periódicas dificultades para hacerse oír al principio, aunque que se fue creciendo luego hasta alcanzar mayor expresividad y control en los dos últimos. No parece que sea este su repertorio natural.
La Musetta de Joyce El-Khoury muestra cómo la disciplina vocal es buena para todo, también para Puccini: cantó magníficamente el vals del Momus y supo cambiar de registro en el último: voz rica, densa, jugosa y flexible, con excelentes ataques y preciosos cambios de color. El Marcello de Etienne Dupuis resultó creíble hasta el final y vocalmente exhibió soltura y elegancia: con un barítono como este, el personaje alcanza su auténtica dimensión humana y ni siquiera se puede lamentar que el compositor no le dedicara alguna aria. Mika Kares –Colline, que sí la tiene con la canción a la zimarra– estuvo contenido y elegante, con una voz de bajo de gran autoridad. Muy bien el Schaunard de Joan Martín-Royo, expresivo y dinámico en lo vocal y en lo teatral. Excelente José Manuel Zapata en su breve intervención como Benoît y bien el Alcindoro de Roberto Accurso. Correcto el Coro, junto con el de niños de la ORCAM, aunque en ocasiones sonó algo ruidoso.
Estupenda la orquesta, a la que Puccini exige un trabajo minucioso: se escucharon todos los matices, los colores, los contrastes y las armonías. Paolo Carignani, en el podio, se centró en sacar a la luz este preciosismo sin perder dinamismo y movimiento. Así logró reflejar esa sensación, tan propia de Puccini, de que la materia orquestal es un organismo vivo. El contraste fue notable con la puesta en escena, una nueva producción del Teatro Real junto con la Royal Opera House de Londres y la Lyric Opera de Chicago, a cargo del muy consagrado Richard Jones. Solvente, claro está, pero distanciada, sin imaginación, dando lecciones de brechtianismo –¡a estas alturas!–, con una buhardilla que parece sacada de Ikea y un tercer acto a escenario vacío. Bien la dirección de actores. La frialdad impuesta por la dirección se trasladó a los aplausos, que reflejaban a su vez la escasa emoción del último acto, a pesar de orquesta y cantantes.  * José María MARCO