Théâtre des Champs-Élysées
Rossini IL BARBIERE DI SIVIGLIA
Michele Angelini, Florian Sempey, Catherine Trottmann, Peter Kálmán, Robert Gleadow, Annunziata Vestri, Guillaume Andrieux, Stéphane Facco. Dirección: Jérémie Rhorer. Dirección de escena: Laurent Pelly. 5 de diciembre de 2017.
 
Catherine Trottmann y Florian Sempey cantaron las partes de Rosina y Fígaro en París © Théâtre des Champs-Élysées / Vincent Pontet 
Jérémie Rhorer dio una lectura lenta, pesada y patosa de la primera parte de la obertura. Fue su dirección algo más dinámica luego y mereció el aplauso. En el resto de la noche estuvo la orquesta totalmente al servicio de los cantantes, sin mayor protagonismo que el que le concedió el corto tiempo de la lluvia en el segundo acto.
Las voces graves fueron viriles, claras, de una gran flexibilidad y buena dicción. Florian Sempey fue el Fígaro que ama el público: astuto, eficaz, seguro de sí mismo hasta la impertinencia. Utilizó el forte algo más de lo que pedía la partitura y gesticuló de lo lindo cada vez que le vino en gana. También Peter Kálmán alardeó de su voz de trueno en los momentos de furor del personaje de Bartolo. Su timbre fue reconocible, adecuado y sin cambios en toda la tesitura. Robert Gleadow (Don Basilio) se lució en la célebre aria de “La calumnia”, si bien su voz, de timbre noble, algo metálica, dio un matiz duro del innoble y blandísimo cura. Perdónese a Michele Angelini (Almaviva) su falta de concentración y sus imprecisiones durante el primer acto, en pro de la perfecta versión que dio del aria final. En ella lució el tenor el lirismo de su canto y su gran dominio de notas de adorno. Annunziata Vestri cosechó buenos aplausos en su esperada canción de Berta, la sirvienta, contra los viejos y las jóvenes que buscan pareja. Catherine Trottmann remplazó a Kate Lindsey en el papel de Rosina. El público agradeció su presencia pero no pudo no atestiguar su falta de volumen y el carácter velado de su voz.
Laurent Pelly quiso rendir homenaje –y lo hizo– al compositor. Vistió a todos de blanco y negro, excepto el coro que apareció con las galas de la Guardia Civil española, en uniforme verde –muy oscuro, ¿o era negro?– y el consiguiente tricornio de luciente charol. También pintó en blanco y negro la escenografía que construyó esta vez con Cléo Laigret: unas variaciones sobre el tema del pentagrama, vacío de notas en el primer acto, y con la canción de Rosina en el segundo. Fuera pues Sevilla y sus calles, fuera también los atuendos del barbero, del estudiante-conde, del cura profesor de canto y de la niña secuestrada –Rosina se vistió y actuó como un titi parisino y don Basilio fue de seglar–, etc. “¡Fuera de aquí todo el mundo! ¡Gloria a don Gioachino! ¡Aquí mando yo!”, estuvo diciendo al público Pelly toda la noche. No quedó pues de la ópera títere con cabeza. Los personajes de Beaumarchais y las complejas situaciones sociales fueron reducidas a poco o a nada. Solo sobrevivió el carácter contestatario de Fígaro a través sus múltiples tatuajes. Quienes no conocían muy bien la historia no pudieron vislumbrarla por ninguna parte. Solamente la excelsa música de Rossini fue exaltada. Laurent Pelly dio esta vez la parte por el todo y a eso se le llama una sinécdoque.  * Jaume ESTAPÀ