Teatro alla Scala
Sciarrino TI VEDO, TI SENTO, MI PERDO
Estreno Absoluto
Laura Aikin, Charles Workman, Otto Katzameier, Sónia Grané. Dirección: Maxime Pascal. 18 de noviembre de 2017.
 
Laura Aikin, una de las protagonistas de la première de Ti vedo, ti sento, mi perdo de Salvatore Sciarrino en Milán © Teatro alla Scala / Matthias BAUS
 
La Scala cerró la temporada 2016-17 con un estreno absoluto, fruto del encargo conjunto que el teatro milanés y la Staatsoper de Berlín realizaron a uno de los compositores italianos más destacados de la actualidad, Salvatore Sciarrino. Si en Luci mie traditici el músico palermitano se inspiró en la escabrosa existencia de Carlo Gesualdo, en Ti vedo, ti sento, mi perdo el punto de partida es otra agitada vida de compositor, la de Alessandro Stradella. Sus constantes amoríos y su trágica muerte a manos de un sicario enviado con toda probabilidad por un marido furioso ya inspiraron óperas de compositores como Flotow o Franck. El acercamiento de Sciarrino en el erudito libreto que él mismo ha escrito es bien diferente, por supuesto, de entrada porque Stradella nunca aparece en escena: se le espera, como a Godot.
Sciarrino plantea tres niveles dramáticos que se alternan y entrecruzan a lo largo de los dos actos de la pieza: una cantante ensaya una cantata con un pequeño coro, un músico y un literato comentan la vida de Stradella y debaten sobre la fuerza evocadora de la música –con la figura de Orfeo como referente– y, finalmente, un grupo de criados hacen sus aportaciones jocosas sobre las absurdidades de sus señores. Todos esperan la llegada de Stradella con una nueva aria, pero lo que llega al final es la noticia de su muerte. La trama estricta es mínima, pero sirve de perfecta plataforma para que Sciarrino despliegue su sutil mundo sonoro, hecho de sugerencias, palpitaciones, células que apenas se desarrollan antes de desembocar en el silencio, glissandi y evoluciones microtonales que afectan tanto a la escritura instrumental como a la vocal, más atenta esta a la claridad textual que al despliegue de facultades canoras. Al lenguaje evanescente del compositor se suman múltiples ecos barrocos, sobre todo con diversas citas de piezas de Stradella, reelaboradas por el propio Sciarrino con gran habilidad. Un mundo sonoro hipnótico que, sin embargo, no evitaba caer en cierta monotonía y que quedaba en exceso desdibujado en una sala de las dimensiones del Teatro alla Scala.
El coliseo italiano, en todo caso, no ahorró esfuerzos para defender la nueva obra, contando de entrada con el joven director francés Maxime Pascal, que obtuvo una ajustada respuesta, tanto de la orquesta en el foso como de los músicos situados dentro y fuera del escenario. Laura Aikin fue una Cantatrice de gran elocuencia, bien secundada por el Musico de Charles Workman, mientras que Otto Katzameier, pese a un instrumento más bien gris, fue un correcto Letterato. Impecables los criados, cada uno con su tic característico, así como los ocho jóvenes cantantes que acompañaban como coro a la cantante protagonista.
La producción de Jürgen Flimm compensó la falta de acción propiamente dicha con una hiperactividad escénica que solo en contadas ocasiones distraía del fluir de la música. El evocador decorado de George Tsypin, con sus elegantes telones óptimamente iluminados por Olaf Freese, y los suntuosos vestidos de época de Ursula Kudrna redondearon el capítulo visual del espectáculo.  * Xavier CESTER