Amigos de la Ópera de A Coruña
Donizetti LUCREZIA BORGIA
Mariella Devia, Celso Albelo, Luiz-Ottavio Faria, Elena Belfiore, Francisco Corujo, Axier Sánchez, Jeroboám Tejera, David Sánchez, Enrique Alberto Martínez, Ramón Farto, Pedro Martínez Tapia. Dirección: Andriy Yurkevich. Teatro Colón, V. de concierto, 23 de septiembre de 2017.
 
Mariella Devia y Celso Albelo, en A Coruña © Amigos de la Ópera de A Coruña
 
A Coruña acogió la que, casi con toda probabilidad, ha sido la última representación operística de Mariella Devia en España. Pocos días antes, la gran señora del bel canto italiano anunciaba en varias entrevistas que sí, que efectivamente está afrontando una larga temporada de despedida de los escenarios (le restan, eso sí, algunos recitales en el país hasta su adiós definitivo en 2019). Y es ella quien ha decidido poner fin a su actividad y no, como ocurre más veces de lo acostumbrado, es su voz quien le ha dicho basta. Lo deja, asegura, por cansancio, por hartazgo de la vida del cantante de ópera, cada semana en una ciudad distinta, arrastrando la maleta. Y ha llegado a una edad, en palabras suyas, en que no tiene por qué asumir este ritmo.
Porque la Devia que se escuchó en el Teatro Colón no justificó en modo alguno la necesidad de terminar con una brillante carrera. La voz sigue sonando fresca, brillante, musical, quizás con alguna irrelevante arruga en las agilidades –perceptibles en la cabaletta final–, fruto de la edad, pero que en ocasiones es mucho más acusado en intérpretes más jóvenes que la soprano de Chiusavecchia. El estilo impecable, la emisión y afinación pluscuamperfectas, la magistral gestión de la respiración… Todo de una altísima escuela, como ha venido siendo desde que se subió por primera vez a un escenario hace más de cuarenta años. Esta Lucrezia suya de A Coruña celebraba dos onomásticas relevantes: los 65 años de los Amigos de la Ópera, cuyo mérito para programar desde la escasez de medios siempre merece destacarse, y los 35 desde que Devia debutó en la ciudad, con una lejana Sonnambula en 1982 al lado del tenor Eduardo Giménez.
Su Lucrezia respira pureza desde la primera frase, con un “Com’è bello” aristocrático en su entrada, que va dulcificándose estrofa tras estrofa, regalando gotas de fantasía en las variaciones, néctar belcantista, hasta rematar en una mágica media voz. Su gran escena fue un momento inolvidable, tanto por lo puramente lírico como por el hecho de que no habrá más como ese, al menos en suelo patrio (el grueso de sus compromisos restantes son en Italia). La emoción del adiós impregnó cada frase del “Era desso il figlio mio”, que fue haciendo crecer en intensidad para coronarlo con un sobreagudo que hizo temblar el coqueto Colón.
Triunfo absoluto de la Devia que no debiera ensombrecer ni un ápice el sensacional Gennaro de Celso Albelo, probablemente el mejor intérprete del personaje en la actualidad. El tenor canario desplegó su infinito arte basado en el delicado manejo de la frase, el innato buen gusto de su canto y el juego de las intensidades. Su “T’amo qual s’ama un angelo” desplegó una segunda estrofa construida sobre un susurro, de gran belleza. Y no fue menor el “Madre, se ognor lontano”, de extrema sensibilidad. El dúo final de madre e hijo quedará en el recuerdo de lo mejor que se ha cantado en A Coruña en los últimos años, todo ello a pesar de que el cantante español se encontraba saliendo de una incómoda traqueítis. A Albelo, por cierto, le fue entregada la insignia de oro y brillantes de Amigos de la Ópera de manos de su presidenta, Natalia Lamas, en reconocimiento a su trayectoria y su especial vinculación artístico-emotiva con la ciudad y la Asociación.
Apenas una breve reseña del resto del cast, del que sobresalió más el Don Alfonso de Luiz-Ottavio Faria –voz recia, de bajo verdadero aunque no siempre en estilo– que el Maffio Orsini de Elena Belfiore (desigual en el registro, débil en el grave y monótona en el fraseo). Entre los comprimarios, notable el Rustighiello de Francisco Corujo y sonoro el Gubetta de Jeroboám Tejera, frente a la discreción generalizada del resto. El Coro Gaos acompañó con la efectividad acostumbrada. Andriy Yurkevich es una batuta habitual con grandes divas y asume que lo relevante en esos casos es acompañar sin intentar perder ritmo, como hizo esta noche al frente de una Sinfónica de Galicia en estado óptimo.  Devia no se ha retirado todavía y ya se le extraña. Al público le queda su arte, como esta inmortal Lucrezia Borgia que se convierte por méritos propios en uno de los hitos de César Wonenburger en su gestión al frente de la dirección artística de Amigos de la Ópera.  * José Luis JIMÉNEZ