Opernhaus
Chaikovsky EVGENI ONEGIN
Olga Bezsmertna, Ksenia Dudnikova, Margerita Nekrasova, Peter Mattei, Pavol Breslik, Liliana Nikiteanu, Christoph Fischesser, Martin Zysset, Stanislav Vorobyov, Tae-Jin Park. Dirección: Stanislav Kochanovsky. Dirección de escena: Barrie Kosky. 30 de septiembre de 2017.
 
Peter Mattei y Olga Bezsmertna encarnaron a Onegin y Tatiana de Evgeni Onegin en Zúrich © Opernhaus / Monika Rittershaus 
 
La nueva coproducción de Evgeni Onegin de la Komische Oper de Berlín y la Opernhaus firmada por el director de escena de moda, Barrie Kosky, dio el pistoletazo de salida a la nutrida temporada operística de Zúrich. El regista australiano concibió un espectacular espacio único, situado en la campiña rusa, lugar donde suceden los dos primeros actos. La detallista escenografía firmada por Rebecca Ringst remarcó el carácter hiperrealista de la puesta en escena, que sin embargo cayó en cierta monotonía en cuanto al trabajo de actores. Se esperaba mucho de este nuevo montaje que, sin embargo, dejó cierto resabio a superficialidad y a carencia de fuerza dramática. Una lástima, con lo que da de sí la historia escrita por Pushkin y compuesta por Chaikovsky.
Musicalmente, este fue un Onegin muy compacto y de gran lirismo. La firme batuta de Stanislav Kochanovsky condujo de manera magistral a la Philarmonia de Zúrich, con un cuidadísimo detalle de los momentos más íntimos –qué gran escena de la carta, a la que prosiguió un amanecer que tan bien describió la música de Chaikovsky– y extrayendo el sonido más impactante y espectacular. El director ruso cogería así el peso de toda la representación, dibujando musicalmente aquello que la regia dejó de lado. Excelente también la prestación del coro, que sonó entregado y en todo momento con un cuidado y pulcro sonido.
Peter Mattei (Onegin), que empezó de manera impactante gracias a una voz de belleza carnosa, generosa proyección e intuitiva musicalidad, cerró la ópera con claras muestras de cansancio, restando fuerza al arioso del tercer acto y concluyendo como pudo el dúo final. Olga Bezsmertna fue una Tatiana no exenta de intencionalidad y entrega, con grandes dosis de musicalidad, a pesar de mostrar alguna que otra tirantez vocal y de carecer, en ocasiones, del peso necesario. Tampoco le ayudaría la cercanía con las espectaculares referencias de las actuales intérpretes del rol. Por su parte, gustó mucho la mezzosoprano Ksenia Dudnikova (Olga), quien hizo gala de un voluptuoso instrumento y una excelente adecuación al rol. Lo mismo sucedería con Margerita Nekrasova como la niñera Filipievnia, quien impactó por la rotundidad de su interpretación e instrumento.
Pavol Breslik (Lenski) es una maravilla musical cuyo elegante e impecable fraseo favorece que sea un tenor muy presente en las temporadas operísticas internacionales. Su interpretación del joven poeta fue muy emotiva y próxima –qué sentido su “Kuda, kuda”–, pero su Lenski careció de peso e impacto por las características propias de su instrumento. Por el contrario, Christoph Fischesser propuso un príncipe Gremin de gran impacto sonoro y de aristocrático fraseo que dejó al respetable con la boca abierta. Sin pena ni gloria pasaron la Larina de Liliana Nikiteanu, entre el grito y la declamación, y el Triquet de Martin Zysset, a quien le faltó la elegancia en sus cuplés.  * Albert GARRIGA