OPINIÓN

Joan MATABOSCH,  director artístico del Teatro Real de Madrid
ÓPERA ACTUAL 207
(NOVIEMBRE 2017)
 
El Teatro Real estrenará en España Dead Man Walking el próximo 26 de enero. La ópera de Jake Heggie, con libreto de Terrence McNally, se ha convertido, desde su estreno en San Francisco hace diecisiete años, en el mayor impacto de la historia del teatro musical americano desde West Side Story, de Leonard Bernstein, hace más de cuarenta años. Una cincuentena de teatros internacionales, entre los que destacan los de Dresde, Viena y la plana mayor de las opera houses norteamericanas, han programado una ópera de la que ya existen dos grabaciones discográficas, una protagonizada por Susan Graham y la otra por Joyce DiDonato, que es quien va a interpretar el rol de la Hermana Helen en el Teatro Real. El título de la ópera, Dead Man Walking, se puede traducir por Ahí va el hombre muerto, que es la frase de argot que utilizan los guardias de las prisiones estadounidenses cuando se refieren a un condenado a muerte en el momento en que se le traslada desde la celda hasta la silla eléctrica o al patíbulo local.
La obra se basa en un libro que fue un best-seller escrito por la religiosa Helen Prejean, adaptado previamente al cine por Tim Robbins en un fantástico film galardonado con un Oscar en 1996 y con las magníficas actuaciones de Susan Sarandon y Sean Penn. La ópera, como el film, sitúa en el centro de la trama a una monja que trabaja con marginados en los alrededores de Nueva Orleans y que, en un momento dado, inicia una relación epistolar con un condenado a muerte por asesinato que está esperando su ejecución. Como escribe el propio compositor, “frente al telón de fondo del gigantesco sistema carcelario, la pena de muerte y un hombre acusado de un crimen monstruoso, tenemos a una mujer humilde con su fe: con su creencia en la dignidad individual de cada persona”. Dispuesta incluso a afrontar la indignación de los familiares de las víctimas cuando se atreve a decir que los asesinos también son hijos de Dios. El rol es soberbio y no tiene nada de extraño que se haya convertido en uno de los caballos de batalla de algunas de las mejores mezzosopranos internacionales de la actual generación.
La relación entre la Hermana Helen y el arrogante De Rocher comienza con un poco escrupuloso intento del criminal de manipular a la religiosa para atenuar la gravedad de su caso y obtener un indulto, pero la ópera va desplazando el centro del conflicto desde el debate sobre la pena de muerte hasta la influencia transformadora de la religiosa en la personalidad de este protagonista peligroso y asocial. La relación logra dejar atrás el puro interés para convertirse en afecto, confianza, incluso amor, a lo largo de un proceso traumático que culmina con De Rocher aceptando la realidad, lamentando sinceramente el daño causado y arrepintiéndose. Finalmente, se trata de una ópera sobre el poder redentor del amor, en sintonía con tantas otras obras maestras de la historia de la ópera que han abordado ese mismo tema, desde Bellini hasta Wagner o Messiaen.
 
 
 
 
 
 
 
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