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Esther Chamoso
 
El polifacético barítono español afronta en las próximas semanas importantes citas  artísticas en algunos de los principales coliseos líricos  del país con un amplio  repertorio que va del barroco de Cavalli  al romanticismo de Bizet, sin olvidar a Barbieri  y la zarzuela.
 
Rebeca RUIZ
ÓPERA ACTUAL 222
(MARZO 2019)
 
El barítono Borja Quiza, Premio ÓPERA ACTUAL 2009, habla con seguridad y gesto firme. Las manos se le escapan constantemente y cuando medita se peina el flequillo. Escucha con atención, mira directo a los ojos y siempre sonríe. Sus próximos compromisos lo llevarán a algunos de los principales teatros líricos de España: “En Madrid haré El barberillo de Lavapiés de Barbieri en el Teatro de La Zarzuela y La Calisto de Cavalli en el Teatro Real”, afirma satisfecho e ilusionado a ÓPERA ACTUAL. “Tengo muchas ganas; El barberillo es una nueva producción, se trata de uno de los grandes títulos de la historia de la zarzuela y cantarlo en ese teatro es un gran reto. Hacía años que no se hacía un nuevo montaje de este título y lo firmará Alfredo Sanzol, un prodigio del teatro que parece que hayamos descubierto ahora cuando lleva trabajando 20 años. Después cantaré Los pescadores de perlas de Bizet en el Liceu de Barcelona. Estoy muy contento de volver a estos tres grandes teatros”. 
 
Como Marcello de La Bohème de Puccini en el Liceu de Barcelona en la producción de Giancarlo del Monaco / Ópera de A Coruña / Miguel Á. FERNÁNDEZ
 
Ópera Actual: Y esa pasión suya por la lírica, ¿de dónde le viene?
Borja QUIZA: La ópera y la zarzuela­ llegaron a mi vida de refilón, y bastante tarde. Soy de Ladrido, un pueblo pequeñito, aunque con 4 años nos mudamos a A Coruña. Empecé en una coral con gente mayor que cantaba música gallega. De ahí pasé al Coro de la Sinfónica de Galicia, donde me ofrecieron participar en Las bodas de Fígaro y Don Giovanni. Y yo no había escuchado una ópera en mi vida. Era un montaje con Jesús López Cobos, un Don Giovanni con Jonathan Miller de director de escena, con Raúl Giménez y Carlos Chausson. Chausson hacía Leporello y lo hacía tan bien que al verlo tan metido en el papel me hizo comprender que ser cantante de ópera es una de las profesiones más bonitas del mundo. Todo lo que sepas, incluso lo más raro –desde punto de cruz hasta esgrima o informática–, suma. Siempre puedes aportar algo a la producción. Y eso me encantó. Me di cuenta también de que en realidad la música siempre había formado parte de mi vida, igual que la voz.
 
Ó. A.: ¿Cómo sienta que se le siga considerando joven promesa de la lírica después de más de una década de carrera?
B. Q.: En la lírica siempre se ponen etiquetas, ya sea la de cantante joven, verdiano, rossiniano, lírico, lírico-spinto, el lírico-spinto-coloratura bajo el agua... No existen verdades absolutas y me molestan esas etiquetas. ¿En qué momento se deja de ser joven promesa? Llevo 12 años de carrera internacional y ya he hecho varios cientos de funciones. Lo de joven lo acepto, porque así me siento al tener 36 años, una edad que, por otra parte, es joven para ser un barítono, algo muy diferente al desarrollo de una voz aguda, que evoluciona de otra manera. Es una sensación de dejà-vu que me hace gracia... ¿A los 42 seré entonces el veterano barítono? En todo caso entiendo que se tenga que tirar de lugares comunes para ubicar las cosas en esta marea de hiper información que existe hoy en día; estos tips sirven para ubicar a la gente.
 
En la película Io, Don Giovanni (2010), de Carlos Saura, en la que se indaga en la vida de Mozart y Da Ponte. Abajo, acuarela de Esther Chamoso que  ilustra una de las secciones de la página  web del artista / 
 
Ó. A.: En el siglo XXI, ¿cómo de importante es que los cantantes cuiden la imagen que proyectan?
B. Q.: Hay algo de confusión al respecto. Muchos lo intentan, pero al final todos quieren mostrar una imagen que funcione, sobre todo con el público, pero a veces pienso que el mercado de la lírica no hay Dios que lo entienda. Está bien estudiarlo, analizarlo, intentar entenderlo, pero no creo que haya un estándar que vaya a ayudar más que otro en este mercado. La imagen puede ser más útil en algunos teatros o circuitos, con algunos directores de orquesta, pero poco más. Depende de lo que cada uno busque. Creo que es mejor relajarse y ser natural.
 
Ó. A.: ¿Tiene esto algo que ver con la irrupción de las nuevas tecnologías y las redes sociales?
B. Q.: Muchísimo. Ha habido un cambio importante que ha coincidido con esta irrupción. Esto confunde y a los cantantes nos ha expuesto muchísimo más. Por ejemplo, nunca sabes si te van a grabar en un ensayo; antes el ensayo era el lugar donde tú probabas cosas, donde tú ensayabas... El nivel de exigencia ahora siempre es muy alto, en todo momento, y la voz es muy voluble. Es por eso que intentamos manejar las herramientas digitales, aunque sea complicado. Cada uno tiene que establecerse sus propias redes. Yo tengo mi Instagram personal y una fan page que administramos cinco personas. El objetivo es romper la idea de que el cantante es como una especie de místico. Por eso en mis redes sociales intento reflejar lo que soy y quién soy. Creo que a la gente es lo que le apetece conocer.
 
 
 
El barítono gallego practicando otra de sus pasiones, la esgrima: es tirador y vicepresidente del Club de Esgrima Coruña
 
Ó. A.: Dice que en la ópera hay que relativizar y que las cosas son permeables. ¿Cómo de complicado resulta construirse un repertorio tan variado como el suyo?
B. Q.: Es que a veces la gente no es consciente de cómo funciona el mercado de la lírica. Los cantantes hacemos lo que podemos. En ese ideal teórico en el que deberíamos poder elegir nuestro repertorio siempre ponemos de ejemplo a los grandes cantantes del pasado que elegían muy bien y que hacían carreras con 12 personajes. Pero yo no siempre puedo elegir lo que canto. Tengo cierto margen, pero si quiero construir una carrera no puedo estar seis meses parado y tengo que aceptar según qué ofertas. Los grandes de la ópera de hace 40 o 50 años también cantaban de todo. Ahora nos parece extrañísimo que alguien interprete barroco, Puccini y Leoncavallo, pero hace medio siglo no era tan raro. Mi credo es que hay que tener primero una muy buena técnica y un buen control de la voz y eso es lo que te va a permitir interpretar casi de todo. Creo que estoy preparado para cantar el Marqués de Posa de Don Carlo en un teatro de primer nivel. Lo cantaría con mi voz, sin intentar contentar a nadie en concreto. Me parece un error de concepto que se quiera contentar al oyente con una interpretación estándar. Al final nos metemos en el concepto del artista en sí mismo: yo tengo una personalidad artística forjada sobre la base de una serie de conocimientos, experiencias y oficio. Naturalmente habrá a quien le guste y a quien no. Pero será mi criterio el que prevalezca, mi arte.
 
Como Sharpless junto a la Madama Butterfly de Fiorenza Cedolins en el Palacio de la Ópera de A Coruña.  / Ópera de A Coruña / Miguel Á. FERNÁNDEZ
 
Ó. A.: Su capacidad versátil le ha llevado también a debutar como crooner.
B. Q.: Es que me gusta la buena música en general. Soy muy fan de los cantautores, o sea que igual dentro de cinco años exploraré ese repertorio porque me he pasado la vida escuchando a Silvio Rodríguez. No me gusta ponerme barreras. Me encanta la música melódica americana y creo que cantantes como Frank Sinatra, Dean Martin, Lena Horne o Nina Simone han hecho muchísimo por la música. Sinatra también fue un gran innovador en la manera de cantar; vivió el cambio de cuando se impusieron los micrófonos e inventó esa especie de legato que no se aleja tanto de la lírica. Quiero hacer lo que me apetezca. Cool Swing. A night with Borja Quiza fue un proyecto que me encantó –el vídeo está en YouTube– y para mí es una maravilla de repertorio. Es un concierto de altísimo nivel donde nos lo pasamos estupendamente.
 
Ó. A.: Volviendo a la lírica, ¿hacia dónde piensa ampliar su repertorio?
B. Q.: La voz me va pidiendo cosas a medida que va madurando. La carrera de un cantante es algo tan complejo a todos los niveles que es muy importante tener bastones en los que apoyarse, como yo tengo a mi maestro, Daniel Muñoz. Jamás acepto un rol sin consultarlo con él. Me interesa el belcanto un poco más dramático y probar mis primeros títulos de Verdi. Ahora me apetece Rodrigo de Don Carlo, Ford de Falstaff, Germont, Conde de Luna... El Verdi más belcantista. O I Puritani, de Bellini. También estoy muy cómodo con los títulos cómicos de Donizetti y con el romanticismo francés, y lo seguiré haciendo. La voz sigue siendo adecuada para eso. Me apetece seguir el camino que me pide la voz.
 
Ó. A.: Antes cantaba mucho en Italia. ¿Cómo va la carrera internacional?
B. Q.: Sí, antes de la crisis el 80 por cien de mi trabajo era fuera de España. Ahora trabajo más aquí, aunque tengo un par de cosas fuera para la próxima temporada que se tienen que confirmar. En Italia, además, han cerrado varios teatros por bancarrota y otros muchos aguantan reduciendo programación. Aquí no se explica mucho, pero hay cantidad de compañeros que no cobran por sus actuaciones en Italia o que les pagan dos o tres años más tarde y con abogados de por medio. Esa es la situación allí, un país al que adoro y al que me encanta volver. Pero desde la crisis hay menos trabajo. Me gustaría mantener el nivel de contratos que tengo ahora, seguir en el Liceu, en el Real y en La Zarzuela, porque estoy muy contento con eso. Me siento valorado en mi país y no todo el mundo puede decir lo mismo. Estaría encantado de tener este mismo nivel de contratos fuera de España. Es curioso como funciona el mercado: los cantantes somos la célula principal de la lírica pero, sin embargo, somos los que menos poder tenemos dentro del sector. Aunque suene a tópico, en España no valoramos lo nuestro. Los programadores a veces eluden la mitomanía, lo cual me parece un error tremendo. Hay que dejar que la gente sea follower de sus cantantes favoritos.
 
En el Teatro de La Zarzuela de Madrid interpretando a Pablo en la reciente  producción de Maruxa / Teatro de La Zarzuela / Javier DEL REAL
 
Ó. A.: Como hacen en otros teatros.
B. Q.: En el Met de Nueva York, que es un teatro de repertorio, la misma­ producción que estrenan cantantes mediáticos más tarde se repite con otros no tan conocidos a los que se les da la oportunidad de debutar. El Met sabe usar muy bien su cartel y no está descubriendo nada nuevo. Hoy hay muchos artistas que ponen al público en pie. Tráelos, prográmalos. A veces parece que hasta molesta si un cantante se lleva demasiado protagonismo en un montaje. Se ha puesto el foco en las producciones y se han olvidado que la mitomanía es vital en este mundo porque, no nos equivoquemos, el mayor argumento de la lírica es que una persona abra la boca en un teatro con miles de butacas y se le oiga en la última fila. Ningún otro género ofrece esto. La lírica se defiende por sí sola.
 
Ó. A.: Ópera Garage, en cuya Bohème ha venido participando, es una propuesta innovadora ¿Cómo encaja en este mercado?
B. Q.: En paralelo, es un complemento, una travesu­ra divertida. Quizá sí está sirviendo para llamar la atención de nuevos públicos. A la gente que le gusta la lírica y que es habitual en los teatros lo disfruta igualmente. En un teatro tienes 20 metros de foso que separan tu voz del patio de butacas, pero en Ópera Garage canta­mos a 40 centímetros del público que está en primera fila. A la gente se le descuelga la mandíbula. Están tan cerca que pueden ver cómo nos sube y baja la laringe.
 
Ó. A.: Marcello de La Bohème es un rol presente en su carrera desde que comenzó.
B. Q.: Sí, lo he hecho bastante, aunque no es el que más he cantado. También he interpretado a Schaunard, pero Marcello es un papel con el que me identifico. Me siento cómodo en sus pantalones porque yo soy como Marcello: su energía y la mía encajan bien. Es un papel fácil, que me viene bien. No tengo que pensar demasiado, solo disfrutarlo. Y Puccini, en general, es uno de mis compositores favoritos.
 
Ó. A.: ¿Le gustaría seguir explorando en proyectos como este?
B. Q.: Sí, aunque dependerá de la agenda y de los apoyos. Quienes participamos ponemos mucho de noso­tros mismos. Hacer un espectáculo­ operístico es caro, implica muchos medios y mucha gente. Hacen falta patrocinadores privados, algo que en otros países es más fácil de encontrar, donde los empresarios tienen grabado­ en el ADN participar en proyectos que aporten a su comunidad, tanto en grandes infraestructuras como a nivel experimental. Lo importante es ofrecer proyectos de alto nivel y con rigor.
 
Con Bruno de Simone en Il Campanello de Donizetti en el Maggio Musicale Fiorentino. / 
 
 
Ó. A.: ¿Resulta complicado lograr el equilibrio entre ese nivel y la solvencia económica de un proyecto?
B. Q.: Es muy difícil, aunque no se puede generalizar. Me considero un privilegiado porque trabajo en lo que me gusta y puedo vivir de ello, pero en la lírica hoy no se gana mucho dinero. Hay unos pocos que viven bien y que sí que ganan bastante, pero tampoco es una locura incluso en el caso de los superstar por lo expuestos que están y lo difícil que es llegar a tan alto nivel y mantenerlo. La cantidad de sacrificios que hay que hacer y la fortaleza psicológica que requiere hace que a veces te preguntes si merece la pena. En España, el apoyo a un proyecto es esencialmente institucional y, en mucho menor medida, privado. Los grandes teatros tienen poco patrocinio, y esta es la fórmula que se mantiene en todo el país.
 
Ó. A.: ¿Considera que un mayor apoyo privado ayudaría a llenar teatros?
B. Q.: Lo de llenar teatros no lo llevamos mal. Si a veces algún espectáculo pincha es porque responde a programaciones extrañas, no tanto a que a la gente no le interese la lírica. Está bien dar a conocer la vanguardia, pero al público hay que darle también lo que quiere ver. Hacen falta apoyos, pero no podemos exigirle al Estado que invierta mucho más de lo que ya invierte porque hay otras prioridades. Pero la Ley de Mecenazgo no llega y la necesitamos urgentemente. Es necesario que en este país se entienda el patrocinio privado ya no tanto por las ventajas fiscales sino porque en lugares en los que está instalado y asumido va ligado a un sentimiento de orgullo. Aquí ese mecenazgo altruista que ayuda a crear un tejido cultural fuerte cuesta más si no hay una ventaja fiscal directa o un beneficio para con la imagen pública del mecenas. La idea es que con tu aporte estés orgulloso de ayudar a elevar el nivel cultural de tu sociedad.
 
Ó .A.: ¿Le gustaría editar un disco?
B. Q.: Claro que me gustaría, ¡la gente me lo pide! Tengo la suerte de tener un público muy fiel y que me quiere. Gracias a las redes sociales puedo sentirme más cercano a la gente y esto es una maravilla para un artista. Pero un disco es otra cosa; el mercado al que nos dirigimos es pequeño y las ganancias se han diluido tanto a nivel de discos físicos como en streaming que se ha convertido en un lujo hecho para el mainstream y por eso cuesta que una discográfica invierta en un cantante de ópera. Si no consigues millones de reproducciones las ganancias no son viables. Es muy complicado y hoy por hoy si un cantante quiere editar un disco se lo tiene que pagar él mismo invirtiendo parte de lo que gana en tener algo que entregar a su público, a su gente, y eso me encantaría.
 
Junto a su admirado Carlos Chausson en  La Cenerentola de Rossini en el Teatro de La Maestranza de Sevilla
 
Ó. A.: ¿Y llegar a formar parte de esa mitomanía que ha mencionado?
B. Q.: Claro que sí, pero no tanto por autocomplacencia sino porque creo que en ello radica el flujo de sangre que necesita la ópera para permanecer, para subsistir. La lírica es algo tan bonito que no deberíamos dejar que se pierda esta pasión. Y ahora se puede estar más cerca que nunca de tu ídolo. Pero también pasa que los espectadores de un teatro pueden aplaudirte­ mucho y estar encantados contigo pero luego no te vuelven a ver hasta dentro de diez años porque, debido a mil factores, no te vuelven a contratar: esto no se entiende. Y es una pena. Tener seguidores que viajan para verte, que te siguen, es maravilloso, muy motivador. En el momento en el que la lírica se despersonalice el género se enfriará. Necesitamos calorcito y eso lo da el directo, la cercanía, el contacto, la posibilidad de seguir los pasos de tu cantante favorito. Creo que hoy, más que buscar nuevos públicos, lo fundamental es enseñar a cómo ver una ópera y ofrecer entradas asequibles. Inevitablemente eso nos conduce de nuevo a la rueda sobre patrocinios privados e inversión pública. Un teatro español no puede bajar el precio de las entradas de la noche a la mañana si ello supone buena parte de sus ingresos anuales. Quizá una solución pase por ofrecer más funciones de cada título y generar así menos gasto a precios más asequibles. Además, un melómano que quiera iniciarse en la ópera no tiene por qué hacerlo viendo a cantantes de primerísimo nivel. Se puede disfrutar y aprender también con cantantes jóvenes que están arrancando.
 
 
 
Triplete de lujo
 
Liceu, Real y Teatro de La Zarzuela. Tres grandes coliseos de la geografía española. Tres escenarios por los que Borja Quiza pasará en las próximas semanas. En marzo afrontará el papel de Mercurio en el estreno de La Calisto de Cavalli en el Real, en abril será Lamparilla en El barberillo de Lavapiés de Barbieri en una nueva producción en La Zarzuela y en mayo se pondrá en la piel de Zurga en Los pescadores de perlas de Bizet en Barcelona. El barítono encara con ganas e ilusión estas tres producciones de ámbitos tan diferentes y en tres idiomas distintos. “El montaje del Real se estrenó en Múnich con mucho éxito. Tengo ganas de volver a trabajar con Ivor Bolton, con quien coincidí en el Billy Budd en el mismo teatro hace dos años. La zarzuela también me apetece porque la producción la ha diseñado un prodigio del teatro como es Alfredo Sanzol. Y al Liceu tengo muchas ganas de volver después de seis años de ausencia, donde canté La Bohème y Così fan tutte”, afirma.
 
ÓPERA ACTUAL: ¿Hay vértigo al afrontar roles tan distintos?
Borja QUIZA: No. La Calisto es una ópera que ya había cantado en Viena hace algunos años y el de Lamparilla es un rol que me apetece muchísimo porque hablamos de un título que está entre el top 5 de la zarzuela. En el caso de Pescadores, siempre es un gusto volver al Liceu; el de Zurga es un papel que he cantado varias veces y que me gusta porque tiene el peso de un rol romántico, pero es ligero y con agudos.
 
Ó. A.: Pero sí que existen diferencias entre los tres personajes.
B. Q.: Efectivamente, son de tres estilos muy diferentes, pero siempre he dicho que uno puede intentar afrontar todo con su voz porque o cantas bien o no cantas bien. Mis personajes de La Calisto y de El Barberillo son de barítono agudo y muy interesantes. En esta ocasión, Bolton ha decidido hacer La Calisto con la afinación a 465 Hz. y canto Mercurio medio tono por encima de lo que uno estudia en casa. En cambio en el Liceu canto una obra de transición del Romanticismo. Es un rol importante y, además de que lo conozco, creo que puede abrirme paso hacia lo que sería el repertorio de Verdi. Creo que va en la línea de los per­­sonajes que me va pidiendo el cuerpo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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