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 Antoni BOFILL
 
Ya ha triunfado en varios concursos internacionales y ha probado los éxitos, los nervios y las alegrías del escenario. especializado en Mozart y en el bel canto romántico, el barítono catalán Carles Pachón recibe el Premio ÓPERA ACTUAL 2018 al cantante joven español más prometedor.
 
Pablo MELÉNDEZ-HADDAD
ÓPERA ACTUAL 212
(ABRIL 2018)
 
Aunque se mueve­ como pez en el agua por Mozart o Rossini, sueña con cantar grandes papeles verdianos, además de conciliar su carrera con sus deseos de formar una familia. Carles Pachón (Navàs, Barcelona, 1995) ha demostrado su talento tanto en concursos como en escenarios líricos y concertísticos. Si la primera obra clásica que asumió fue nada menos que la Novena de Beethoven formando parte de la Polifònica de Puig-reig, en ópera debutó como Conde de Almaviva en Le nozze di Figaro con la Escuela de Ópera de Sabadell, ciudad en la que, un año antes, había pisado por primera vez un escenario operístico como refuerzo del coro de Turandot. Fue cuando se enamoró de la ópera. Le han seguido Don Giovanni como protagonista (Sabadell) y pequeños papeles en Madama Butterfly (Festival de Peralada), Il viaggio a Reims (Gran Teatre del Liceu) o Maruxa (Teatro de La Zarzuela), todo ello trufado con conciertos y recitales, muy lejos de su coqueteo con el rock, de su época del cole. “Me interesaba el heavy, y al final nos concentramos en el rock catalán, como el de Lax’n’Busto o Els Pets”, afirma el barítono. “Entré tocando el bajo”, aclara, aunque al poco tiempo ya hacía de vocalista. Por esas cosas del destino, sin abandonar sus estudios de farmacia –que continúa cursando– aterrizó en el coro de Puig-reig, en el que estuvo cuatro años. “Intento controlar los tiempos en todo lo que hago, más aún en esta época en la que me han pasado tantas cosas en tan poco tiempo. Nunca he hecho algo para lo que no me sienta preparado. Eso es muy importante en esta carrera teniendo en cuenta la inmediatez con que se vive".
 
Esa Novena de Beethoven, como refuerzo del Coro del Liceu, lo enamoró. “Aluciné, me encantó, me marcó. Nunca había cantado en un coro, no sabía alemán... Ramon Noguera, el director de la Polifònica, me explicó lo básico de la técnica estirado en el sofá de su casa. Yo no sabía de lo que me hablaba. Y cuando fuimos a reforzar el coro de Turandot de los Amics de l’Òpera de Sabadell me impulsaron a comenzar una formación más constante con Jorge Sirena, maestro del coro de Sabadell, con quien todavía tomo clases aunque también trabajo con otros profesores y cantantes, además de cursar un máster en el Conservatori del Liceu con Joan Martín-Royo, que valoro extraordinariamente. Ahora estamos montando La Cenerentola, y contaremos con la ayuda de la gran Teresa Berganza para preparar los personajes”.
 
ÓPERA ACTUAL: ¿Qué obras sinfónico-corales le impactaron?
Carles PACHÓN: Me enamoré de la Novena, que después he cantado como solista. También me marcó El Mesías de Händel, que tenía muy estereotipada; nunca me interesó el Barroco hasta que descubrí la pureza de esa obra maestra. Después vino el Requiem de Verdi... Todavía escucho el “Ingemisco” cantado por Pavarotti cuando quiero relajarme. Es sublime. Mi primera ópera como espectador fue La Traviata con Leo Nucci en el Liceu, que también ayudó a que me decidiera a seguir con el canto.
 
Ó. A.: Premiado en el Viñas, en el Francisco Araiza de México, finalista del Belvedere en Moscú... ¿Qué le aportan los concursos?
C. P.: Nunca los he vivido como una competición, que lo son. Si piensas que estás compitiendo no llegas a la esencia de tu canto y un concurso no solo te obliga a saber enfrentarte al peligro, sino a buscar eso que te hace único. Hay que dar personalidad propia a lo que cantas. No puedo hacer lo mismo que hacen otros cantantes, sino mi versión. Y quizás por eso me han premiado. Tener una propuesta personal es clave.
 
Como Antonio de Il viaggio a Reims (derecha), en su debut en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, ciudad en la que continúa su  formación como cantante y farmacéutico
 
 
Ó. A.: ¿Le ayuda haber tomado clases de teatro desde pequeño?
C. P.: Mucho. Mis padres me apuntaron porque era un niño más bien introvertido. Y eso lo cambió todo. Me acerqué a la actuación como un juego y así le perdí el respeto al escenario. Siempre hay nervios, pero actuar me es casi innato.
 
Ó. A.: ¿Qué papeles le gustaría cantar?
C. P.: Los que ahora no puedo hacer, pero que canto en la ducha: es mi pasatiempo. Me emocionan los papeles de Verdi, esos que quizás nunca podré cantar. Habrá que ver cómo se desarrolla mi voz. Me gustan Mozart, Rossini y Donizetti, pero Verdi es un objetivo. De los que he cantado, creo que Don Giovanni exige una personalidad determinada. Lo hice con 21 años, los mismos del baríto­no que estrenó el papel, pero creo que si me lo ofrecieran otra vez no lo haría porque requiere madurez, no solo como intérprete. Sigo siendo un chico de pueblo que lleva pocos años en la ciudad y que comparte piso con otros estudiantes. Y Don Giovanni exige experiencia, un recorrido vital que yo todavía no tengo.
 
Ó. A.: Con 23 años ya conoce esta carrera. ¿Se proyecta asumiendo esta vida?
C. P.: Sí, pero cuesta hacerme a la idea. La gente me dice, “feliz tú, que te dedicas a lo que te gusta”, y sí, es verdad, soy un privilegiado, pero esta es una carrera dura, de fondo, que implica soledad. Hay que estar adaptándose constantemente. No se viaja por placer, estás siempre entre el teatro y el hotel. Me gustaría tomarme la carrera con calma, conciliarla con mis deseos de ser padre. Ahora necesito formarme bien, y soy consciente de eso, incluso mis cuerdas vocales no están completamente formadas. Me gustaría llegar a una edad avanzada cantando con salud y emocionando, pero también me encantaría criar a mis hijos y verlos crecer.
 
Ó. A.: La zarzuela también forma parte de su repertorio. ¿Qué les diría a otros jóvenes para que valoren el género?
C. P.: Me gustaría ver qué pasaría con quienes la critican si asistieran a una zarzuela montada en condiciones. En la Maruxa de Vives –catalán como yo– que canté en Madrid la gente vibraba. Creo que hay demasiados prejuicios. Es evidente que el género necesita renovarse, pero no como estilo, que evoca una tradición de calidad. La ópera española y la zarzuela se han menospreciado injustamente y tienen un gran potencial. Es música maravillosa, del mismo nivel de la que se ha compuesto en Italia, Alemania o Rusia. Los teatros españoles deberían programar este patrimonio y los cantantes tenemos que defenderlo en conciertos, en concursos... Es la manera de que se divulgue. Y siempre gusta.
 
Ó. A.: ¿Es consciente que en esta carrera no vale solo el talento?
 
C. P.: Ese referente que es Plácido Domingo dice que hoy, para ser cantante, “además hay que saber cantar”. Y es absolutamente cierto. Lo he visto. Hay que tener claro aspectos como la promoción, la publicidad, valorar el contacto con el público a través de las redes sociales... Si no estás, no existes. Me fascina este mundo porque siempre tienes algo que mejorar. Hay que ver la carrera desde la perspectiva del mercado de los cantantes. Trabajar en el Viaggio del Liceu, al lado de Chausson, Lungu o Spagnoli, te hace recapacitar, porque si te sentías que eras el mejor, te das cuenta de que en realidad eres el último mono. Y esto motiva. Estás al lado de intérpretes con 40 años de carrera que a su vez debutaron al lado de otros con 40 años de carrera. Este es un oficio en el que tú recoges una herencia. Y eso es maravilloso.
 
 
 
 
 
 
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