En los albores del romanticismo, Europa vive una convulsa situación política y social. París se convertirá en el Centro de la intelectualidad europea, produciéndose un Intercambio de culturas artísticas que se reflejará también en los pentagramas. En Francia, tres acontecimientos marcarán la nueva ruta musical a seguir: el cimiento de la Grand Opéra y del Drame Lyrique, y el apogeo de la Opéra Comique.
 
Verónica MAYNÉS
ÓPERA ACTUAL 203
(JUNIO 2017)
 
Robert le diable, de Meyerbeer, durante sus primeras representaciones en la Salle Le Peletier de la Opéra de Paris / Wikipedia
 
La dramática situación social vivida durante el período que rodeó a la Revolución Francesa, impulsó, por otra parte, la proliferación de espectáculos de entretenimiento. La rápida expansión de la burguesía propició la demanda de más diversiones, no solo como evasión de una realidad política agitada, sino también como símbolo del estatus de la incipiente nueva clase. La actividad teatral fue frecuente, y la Revolución utilizó también la ópera como elemento propagandístico del nuevo clima ideológico, adaptando temas clásicos al espíritu revolucionario o trasladando al escenario acontecimientos contemporáneos con finalidad adoctrinadora. A partir de 1794 la actividad teatral es seriamente controlada por un Comité de Instrucción Pública, censura que decidía qué obra podía –o no– representarse, descartándose las que no seguían el espíritu de la Revolución.
Uno de los primeros autores adscritos al régimen revolucionario fue Étienne Nicolas Méhul (Givet, 1763-París, 1817). Su primera ópera, Euphrosine et Corradin ou le Tyran corrigé (1790) es un apasionado manifiesto revolucionario que anuncia la estética del Romanticismo. 
 
 
Ópera y Revolución
Luigi Cherubini (Florencia, 1760-París, 1842) también traslasó a los pentagramas el dramatismo de la época del Terror, siendo la máxima representante de esta estética del horreur su ópera Médée (1793-97). Compuesta bajo los cánones de la opéra comique, que alterna partes cantadas y dialogadas, expresa musicalmente el terror vivido en los años revolucionarios de forma sobrecogedora. Cherubini alterna arias y dúos con grandes escenas colectivas, en un asombroso –y novedoso– ejercicio de intensa violencia sonora, que lleva a la orquesta a la máxima tensión para describir la evolución anímica de la protagonista y abocarla a la autodestrucción.
 
Curiosamente, fueron un italiano y un alemán –Spontini y Meyerbeer–quienes propiciarían el nacimiento y desarrollo de la grand opéra, un subgénero deudor de la tragédie lyrique y de la elegancia clásica de Gluck que trataría asuntos de carácter pseudo histórico representados con gran boato, numerosas escenas corales, ballets y arias brillantes. Gaspare Spontini (Maiolati 1774-1851), sintetizó de forma ejemplar los diversos estilos operísticos en boga en la época napoleónica, siguiendo la estela de Gluck y Cherubini. Además actuó de bisagra en el paso de la tragédie lyrique de corte mítico al nuevo subgénero de la grand opéra. Máximo representante de la ópera francesa en la época del Imperio napoleónico, Spontini alternó trabajos en Francia, Alemania e Italia, hecho que le dotó de una visión musical cosmopolita, absorbiendo la herencia de Gluck y refrescándola con aires italianizantes. Su ópera La Vestale, una tragédie lyrique estrenada en París en 1807, es una sucesión ininterrumpida de arias, números de conjunto y escenas corales erigida como ideal musical del imperio napoleónico. Su tratamiento del espacio escénico, como un cuadro visual de impactante plasticidad estética, preludia la estructura de la grand opéra
 
 
Gaspare Spontini  /  Giacomo Meyerbeer
 
 
El nuevo subgénero
En 1830 sube al trono Luis Felipe de Orleáns y aplica una reforma de la Constitución iniciando un reinado de carácter liberal y declarando el estado laico. París sigue siendo el centro cultural de Europa y acoge a artistas de otras tierras que acuden a la ciudad atraídos por un ambiente y cosmopolita, en el que la actividad cultural es incesante. En este marco libertario, la tragédie lyrique tenía los días contados. Al creciente desinterés por los asuntos fantásticos con los que el público no podía identificarse, se une el avance del formato de la opéra comique que se había ido adaptando a la nueva mentalidad y representaba historias más reales. Además en Francia el teatro y la danza contaban ya en esa época con una antiquísima tradición, con escenarios que contaban con los más modernos avances tecnológicos que permitían efectos espectaculares: en 1822, en el Théâtre de l’Ópera, se utilizó por primera vez la iluminación con gas que permitía dejar a oscuras el patio de butacas realzando así el efecto visual de la escena y concentrando en el escenario toda la atención del espectador.
 
En 1829 Daniel François Esprit Auber (Caen, 1782-París, 1871) llevará a los escenarios parisinos la que se considerará la primera grand opéra, La muette de Portici, estructurada en cinco actos y que trata un tema histórico revolucionario acontecido en el siglo XVII en Nápoles, incluyendo canciones de la Revolución francesa y con escenas de conjunto de impactante efecto visual. Siguiendo el camino iniciado por Auber, el alemán Giacomo Meyerbeer (Vogelsdorf, 1791-París, 1864) se erigirá como máximo exponente del nuevo subgénero iniciando un camino que influirá irremediablemente a toda la generación posterior. En París Meyerbeer coincidirá con prestigiosos intelectuales, filósofos y artistas, con los que realiza un importante intercambio cultural propiciado por su sed de conocimiento. En su ópera Robert le Diable, estrenada en París en 1831 con un éxito apoteósico, el autor sintetizó las diversas tradiciones musicales creando una nueva dramaturgia que influiría a autores como Berlioz, Verdi o Wagner, y que integraba la belleza melódica italiana con la dramaturgia gala y el tratamiento orquestal germánico. La orquesta narra los acontecimientos avanzando musicalmente lo que no expresan las palabras y acumula tensiones extremas que preludian el sinfonismo de corte wagneriano.
 
La grand opéra desarrollada por Meyerbeer ya cuenta con todos los ingredientes que la configurarán: libreto de temática histórica de grandes proporciones, efectos escénicos impactantes, numerosos personajes, recitativo acompañado, uno o más ballets y cuatro o cinco actos, que suelen culminar en un tableau. Así, arias, recitativos, coros, conjuntos y danzas constituyen una unidad escénico musical que participa en el desarrollo de la trama, que ofrece una dimensión individual y colectiva del devenir de los protagonistas y que apuesta por el gran espectáculo. 
 

 

 
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