REPORTAJES

El 6 de septiembre se cumple el 10º aniversario de la muerte de Luciano Pavarotti sin que el paso de esta década haya hecho mella en el recuerdo del tenor. Y si la Royal Opera de Mascate le dedica su temporada, La Arena de Verona acogerá el día exacto del aniversario un concierto de tributo en el que estarán presentes Plácido Domingo y José Carreras y se presentará un nuevo libro sobre el tenor.
 
Lourdes MORGADES
ÓPERA ACTUAL 205
(SEPTIEMBRE 2017)
 
Luciano Pavarotti en un concierto con su inseparable pañuelo, imagen que se hizo icónica  
 
Cuenta en sus memorias Luciano Pavarotti (Módena, 12 de octubre de 1935 - 6 de septiembre de 2007) que en la ópera, como en cualquier otro arte escénico, para que te contraten y te paguen bien “debes ser bueno, pero también célebre”, y el tenor tenía claro que ambas cosas eran diferentes. Él no solo fue una estrella de la ópera durante casi cuatro décadas, también fue el tenor más conocido del mundo, el equivalente masculino a Maria Callas, quien como Pavarotti alcanzó una popularidad propia de las estrellas cinematográficas. Cuando se cumplen diez años de su muerte, el recuerdo del tenor sigue vivo en todo el mundo y los actos organizados por la Fundación Luciano Pavarotti junto a Friends & Partners y Universal Music Group para conmemorar el 6 de septiembre en la Arena de Verona el décimo aniversario de su desaparición reforzarán si cabe el mito del tenor de voz excepcional. En el acto central participarán un ramillete de tenores encabezado por Plácido Domingo y José Carreras en el que figuran también Francesco Meli, Vittorio Grigòlo y Fabio Armiliato, la soprano Angela Gheorghiu, el flautista Andrea Griminelli y el cantante pop Zucchero. Ese mismo día se presentará el libro Luciano, il sole nella voce, una crónica autorizada de su trayectoria editada por la Fundación Pavarotti.
 
La fiesta seguirá por todo el mundo con ejemplos muy emotivos, como en la Royal Opera House de Mascate­ (Omán), que le dedica su temporada tal y como se explica en las páginas anteriores.
Dotado de impostación natural,­ Luciano Pavarotti poseía una voz excepcional, por calidad y extensión, de las que solo aparece una cada siglo: timbre hermosísimo emitido con gran squillo que permitía a la voz propagarse en todas direcciones de forma prodigiosamente natural y sin aparente esfuerzo. Una voz solar, mediterránea, con una extensión de dos octavas que en los mejores tiempos de su carrera le permitió abarcar del do2 al re4. Concentró su repertorio en los roles clásicos de tenor lírico en óperas como La Bohème, La Traviata o Madama Butterfly y cuando su voz empezó a oscurecerse, añadió papeles de mayor peso vocal como Canio, de Pagliacci; Manrico de Il Trovatore; Radamès, de Aida; y Calaf, de Turandot, cuya aria “Nessun dorma” ha quedado para siempre unida a su voz. Apenas se aventuró en el territorio de los papeles dramáticos y casi nunca cantó en otro idioma que no fuera el italiano.
 
Su fama trascendió el mundo de la ópera para convertirse en una celebridad. En la imagen, junto al ídolo pop Michel Jackson.  
 
Con la soprano Joan Sutherland, fundamental en el desarrollo de la carrera del tenor italiano.
 
Pero Pavarotti no se limitó a ser el mejor tenor de su generación y uno de los mejores del siglo XX junto a Enrico Caruso; fue también el tenor más popular de la historia de la ópera. El primer tenor moderno en salir de los teatros líricos, en dar conciertos en estadios deportivos, parques (en 1993 reu­nió a medio millón de personas en Central Park), en grabar discos con temas populares, en participar como invitado en programas televisivos, en conducir en 1980 el desfile del Columbus Day en Nueva York a lomos de un poderoso caballo y enfundado en la bandera de las barras y estrellas y cantar junto a celebridades del mundo del pop, como Madonna, Elton John, Paul McCartney, las Spice Girls o Sting.
Su popularidad, sin embargo, no fue, como su voz, un regalo de Dios; fue el exitoso resultado de una brillante estrategia de mercadotecnia ideada por un publicista estadounidense amante de la ópera, Herbert Breslin (1924-2012), que conoció al tenor en 1965 y dos años después se convirtió en su agente artístico y Pigmalión. Trabajaron juntos durante 36 años en los que el tenor italiano se convirtió de su mano en una superestrella. Empezó reclamando un caché de 20.000 dólares por función para, poco a poco, subirlo hasta llegar a los 50.000, y más si de recitales o conciertos se trataba, cifra que podía alcanzar los 250.000 dólares si era un concierto para grandes masas en estadios o parques. La apoteosis llegó en 1990 con el concierto de las Termas de Caracalla junto a Plácido Domingo y José Carreras y el millón de dólares que se embolsó. El éxito de la operación, tras la cual estaba el productor húngaro Tibor Rudas, convirtió a los Tres Tenores en un fenómeno de masas. Se hicieron 33 conciertos en 16 países y está considerada la operación comercial más rentable de la música clásica.
 
Junto a Plácido Domingo y José Carreras: los Tres Tenores
 
Este fue el inicio del fin de la relación entre Pavarotti y Breslin, quien había convertido al tenor en una mina de oro. El astuto agente artístico solía decir: “Nunca nadie pierde dinero con Luciano Pavarotti”. Aunque trabajaran juntos durante casi cuatro décadas la aparición de Tibor Rudas y la lluvia de millones que reportó la operación de los Tres Tenores, empezó a distanciarles hasta que en 2002 se consumó la ruptura y el viejo agente se vengó publicando en 2005 The King and I, libro en el que contaba todo tipo de intimidades del cantante.
Luciano Pavarotti, Big Luciano, Tutto Pavarotti. Fue el más grande en todo, en congregar a la mayor audiencia televisiva en la primera retransmisión operística del Met de Nueva York en 1977; en ser desde 1995 el cantante mejor remunerado del mundo; en ostentar el récord Guinness al aplauso más largo –una hora y siete minutos en la Deut­sche Oper Berlin en 1989–; en reunir a 1.500 millones de telespectadores en todo el mundo en el concierto de Caracalla y de vender 12 millones de copias de discos. A Pavarotti le gustaba ser grande en todo excepto en la talla, lo único que confesó que le hubiera gustado cambiar en su vida.
 
 
 
 
 
 
 
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